Por: Esteban Barquera – Primus Draconis
La felicidad es un espejismo que se muestra cuando las creencias y las acciones de un individuo están en armonía con sus objetivos y sus valores. Desde una perspectiva pragmática, podríamos argumentar; que la felicidad es un signo de que las decisiones y acciones de una persona están alineadas con su búsqueda de lo trascendente y satisfactorio, lo que refuerza sus creencias y elecciones.
La felicidad que surge del placer, debe ser la consecuencia y no el objetivo, ya que esta felicidad es inmediata, temporal y banal. Tiene una correlación con la autoestima, pero como todo lo que surge de la autopercepción, nos orilla a un estado de quietud, porque el «camino» es lo que nos mantiene estimulados, y el desafío desarrolla el criterio para crear nuestros parámetros. Si sentimos que ya llegamos a la “meta” o que se ha encontrado lo “valioso”, se solidifica nuestro pensamiento y, por ende, nuestro actuar. Nos dejamos de hacer preguntas, porque creemos plenamente que conocemos la verdad.
Para salir de la quietud es importante definir nuestros deseos y lo que los motiva, así podemos ir definiendo a dónde vamos y cómo llegaremos ahí; si esto no se define, solo nos movemos con base en el deseo de los demás, esto es permitir que los demás nos controlen, poniéndonos a merced de sus placeres y planes.
No es bueno vivir en un estado de excesiva de felicidad generalizada y optimismo, ya que al final sofoca a uno mismo y a los demás, al no permitir “conectar”; porque el que no siente felicidad perpetua se culpará por no hacerlo, y el que está siempre optimista evalúa el camino de la felicidad bajo su propio criterio, evitando la contrariedad.
Al final, la felicidad es una utopía, o por lo menos no debería ser un estado permanente, porque da a entender que es un estado bueno, pero al final esta mentira auto contada, provocará una disonancia cognitiva al enfrentar las experiencias de la vida, que nos alecciona generalmente por sorpresa y a través del sufrimiento, ya que, sin él, no podríamos fortalecer el carácter, la voluntad y el razonamiento. La relación entre un sádico y un sumiso, no es el amor perfecto; es la felicidad perfecta.