Por: Esteban Barquera – Primus Draconis
La fuerza de Leviathan radica en poder ser agresivo, pero decide no serlo; aun así, es mejor no orillarlo a la ira, recuerda que ha pasado largo tiempo perfeccionándola.
La ira, la cual es indispensable para nuestra supervivencia, se manifiesta como el sentimiento intenso de irritación, enojo, frustración o indignación. Puede surgir como respuesta a situaciones en las que nos sentimos provocados, amenazados, o ante la impotencia. La ira puede variar en intensidad, desde un leve malestar, hasta una furia incontrolable.
La ira en sí misma no es negativa; toda emoción que está en su estado descontrolado nos puede llevar a la autodestrucción, pero generalmente este fin solo se le atribuye a la ira, aunado a la creencia de que esta emoción en cuanto la transitas, inmediatamente nos convierte en personas trastornadas.
Pero, nada más alejado de la realidad, esta emoción puede ser constructiva, ya que, por un lado, nos permite establecer límites y reaccionar rápidamente para hacer prevalecer nuestra vida a través de la agresividad y su otra fase, está conformada por paciencia, tolerancia y diplomacia; con esta gama de habilidades podemos encontrar armonía en la agresividad que de ella llegase a emanar y así cuando estemos en una situación que nos lleva a la ira, podremos tener la experiencia para dominarla o detenerla de manera consiente.
Pero cuidado con caer en un autocontrol forzado, el cual proviene de la exigencia social, este tipo de autocontrol es solo muestra de debilidad, ya que abandonamos nuestra voluntad para complacer a los demás. Como los hipócritas, que confunden su debilidad con virtud, sin darse cuenta de que la pasividad orilla a la violencia; si eres incapaz de ser agresivo, el no serlo no es una virtud, así como el que ignora su ira no puede ser un virtuoso.
Para descubrir nuestra capacidad de agresión es necesario ser analíticos de nuestro comportamiento, resistente a la frustración, entender nuestro orgullo como valía del esfuerzo, evitando caer en la soberbia o vanidad que distorsione nuestra realidad; la ira es condensación, que si se deja acumular se puede convertir una marea que destruye sin distinción, el desorden primigenio en espera de una deidad que le dé orden.
Para lograrlo, podemos utilizar la individuación, la cual se refiere a llegar a ser uno mismo a través de la autorrealización y autoexploración profunda, este encuentro con nosotros mismos forma parte de las cosas más desagradables que podemos experimentar, ya que sabemos de antemano, que toda tendencia que no armonice con los valores colectivos, nos pone en riesgo de exclusión y por eso, enviamos al inconsciente esas emociones, las cuales quedan irreconocibles y ocultas.
Con el tiempo, le cedemos el control, al caos natural de la emoción, la cual se apodera de nuestro comportamiento; cuando uno trata desesperadamente de ser “correcto”, la sombra desarrolla una forma definida, convirtiéndose en una entidad, que intentará sobreponerse a nosotros, así es como se termina convirtiendo en una fuerza destructiva.
Para evitar esto debemos reconocernos y abrazar nuestra oscuridad, pon atención a tu ira, las fantasías que genera, y los impulsos que provoca; el poder dominar nuestra agresividad, es la recompensa que nos permite confiar en nosotros mismos, permitiéndonos tomar una postura ante las atrocidades del mundo.
La ira es algo que con reflexión se puede llegar a dominar casi en su totalidad, por lo tanto, debemos trabajar en perfeccionar nuestra agresividad, para que sirva a nuestros fines, surgiendo únicamente cuando la evoquemos para ser utilizada, en vez de ser algo que nos arroja de una manera violenta a las circunstancias. Lograr esto nos acerca más a la divinidad, ya que es reflejo del carácter que hemos alcanzado forjar.