Por: Esteban Barquera – Primus Draconis
¿Cómo saber diferenciar entre cuáles ideas son propias o cuáles fueron insertadas? Existen innumerable cantidad de ideas que parecerían pertenecernos pero que forman parte de conceptos generados por todo un sistema que los replica sin parar, a través de discursos, que muestran representaciones de lo esperado e incentivan prácticas que derivan en auto violentar, que instrumentalizan la estética para violentar a las personas (inevitablemente más a las mujeres) con un canon de belleza disociable, que se ve como necesario, que incluso se ha vuelto imprescindible e inseparable de la femineidad, que las ha orillado a ponerse en riesgo constante, al punto de obsesionarse con obtener un ideal inalcanzable.
A este sistema se le conoce como «violencia estética», este término se refiere a la imposición de estándares de belleza o normas, que pueden causar daño psicológico y/o emocional en las personas. Se relaciona con la presión social para cumplir con ciertos ideales de belleza, que a menudo son poco realistas o inalcanzables. Estas conductas Procustianas se pueden manifestar y replicar a través de diversos medios de comunicación, la publicidad, las redes sociales, entre otros.
En la mitología griega, Procusto, también conocido como «El Ajustador», era un posadero que invitaba a los viajeros cansados a descansar en su casa. Este anfitrión tenía un método siniestro para asegurarse de que sus invitados se ajustaran perfectamente a su mobiliario: si eran demasiado altos, los amputaba para adaptarlos a la longitud de su cama; si eran bajos, los estiraba hasta alcanzar la medida deseada.
Dicho mito antiguo ilustra la nociva y opresiva práctica de imponer estándares estéticos irreales a la sociedad; en este relato, su cama representaba una medida inflexible a la que los viajeros debían ajustarse, sin importar la violencia infligida en el proceso. De manera similar, la sociedad moderna impone un estándar de belleza, forzando a las personas a intentar ajustarse a esta norma, sin considerar la diversidad de formas, tamaños y características únicas que nos componen.
La Violencia Estética no solo impacta en la percepción que las personas tienen de sí mismas, sino que también puede tener consecuencias psicológicas graves, como trastornos alimentarios, ansiedad, depresión y una autoestima deteriorada. La imposición de estos estándares de belleza puede generar un sentido de inadecuación y vergüenza en aquellos que no cumplen, alimentando un ciclo de insatisfacción personal, vulnerabilidad y malestar emocional.
Es necesario reconocer que la belleza es multifacética, diversa y subjetiva. La verdadera belleza radica en la singularidad de cada individuo, en lugar de encajar en moldes estereotipados impuestos por la sociedad. Superar la violencia estética implica abrazar la diversidad y promover una cultura que celebre la autenticidad y la aceptación de uno mismo y de los demás, liberándonos de las restricciones impuestas por estándares superficiales y poco realistas.
El mito de Procusto nos recuerda que la imposición de estándares estéticos inflexibles y dañinos es un acto de violencia contra la libertad individual y la diversidad humana. La verdadera belleza yace en la diversidad y en la celebración de la misma, en lugar de buscar la conformidad a costa de la salud mental y emocional de las personas.