La Inocencia

Por: Atfarkos – Defensoru Luciferiu

Una de las nociones filosóficas en la que aterriza la auto deificación del Satanismo es en el Superhombre de Nietzsche. Según el filósofo, es un estado al que la humanidad llegará naturalmente, ya que así como pasamos de los primeros homínidos al homo sapiens, la humanidad inevitablemente se convertirá en el Übermensch.

La trayectoria hacia ese Übermensch, es explicado por Nietzsche, en forma de una metáfora que encaja tanto a nivel individual con las etapas del pensamiento del sujeto desde que nace hasta su muerte, tanto para la historia de toda la humanidad.

De forma breve, las etapas metafóricas hacia el Superhombre son:

  • El Camello: Representa al individuo cargando con responsabilidad de ideas que no son suyas. Los valores del pasado, la moral adoptada, la tradición heredada son parte de la carga que el individuo confunde como propia. Su fuerza de voluntad se consume en intentar defender el pasado en lugar de ocuparse de su presente.
  • El León: El individuo que destruye, que niega y ataca. El sujeto se esponja de su responsabilidad y de las virtudes impuestas. No puede crear, sólo puede destruir.
  • El Niño: En esta última etapa el individuo es capaz de afirmar su presente. Su voluntad es auténtica más allá de lo bueno y lo malo, su libertad y capacidad de crear surge espontáneamente de su propio espíritu entendiendo lo que es suyo.

En esta serie de publicaciones de este primer mes del año, hemos hecho énfasis en la niñez. Dejando clara la importancia de procurar las infancias, describiendo las virtudes de los niños a la que los magos aspiramos, y finalmente descifrar cuál es el motor de toda esta fuerza libre, creativa y muy auténtica que nos encaminará hacia la apoteosis.

Una nueva voluntad enseño yo a los hombres; ¡Querer ese camino que el hombre ha recorrido a ciegas, y llamarlo bueno y no volver a salirse a hurtadillas de él, como hacen los enfermos y moribundos!

Enfermos y moribundos eran los que despreciaron el cuerpo y la tierra y lo que inventaron las cosas celeste y las gotas de sangre redentora: ¡Pero incluso estos dulces y sombríos venenos los tomaron del cuerpo y de la tierra!

– Friedrich Nietzsche, «Así habló Zaratustra».

No es azaroso que en la metáfora sea el Niño el que representa la naturaleza del Super Hombre. Pensemos en la madurez en contraste con la infancia, si algo ha comprendido muy bien una persona madura es como desenvolverse en sociedad y ser productiva. Independientemente si el ejercicio de su voluntad se alinea con su entendimiento, las experiencias que ha atravesado con esas cosas que la sociedad llama “bueno y malo” han definido su sabiduría de vida. Mientras tanto un espíritu joven que sin experiencias moldeando su razón no tiene prejuicio alguno, por ende es curioso del mundo que le rodea y se asombra de la realidad que a sus ojos tiene un aura novedosa, y carece de alguna responsabilidad real con la sociedad la que a su vez se encargará de que madure a su debido tiempo, el infante se puede permitir crear con sus manos y nombrar con su boca con toda la auténtica irreverencia que le plazca.

Justamente esa falta de hastío con lo adverso, y antes que la influencia social y las expectativas se apoderen de su espíritu es lo que posibilita su creatividad y libertad. La inocencia que se manifiesta en ese primer encuentro con la realidad es la que posibilita esa apertura al conocimiento nuevo para entender ampliamente el mundo y poder transformarlo.

Incorporar inocencia dentro de una filosofía que invita, entre otras cosas, a explorar el goce del placer de la carne pareciera cuanto menos inverosímil. En su momento se criticó fuertemente a esos que viven únicamente para el placer de su carne pues no significa que sean libres para explotar su potencial cárnico sin límites, sino que son esclavos de su compulsión. Forzar a nuestra carne para que experimente una y otra vez placer carece de valor cuando se enfoca únicamente en la manifestación de ese placer, pero no hay repetición sin repetidor.

Podemos edificar nuestra voluntad de manera auténtica y, sobre todo, mágica cuando nuestros encuentros con la realidad son inocentes, sin prejuicios ni compulsión alguna. Sin caer en ingenuidad respetando el conocimiento adquirido de encuentros anteriores con lo adverso. La inocencia está lejos de ser un rasgo de debilidad, en la inocencia hay pura posibilidad, en ella está la potencia para cumplir con el destino de la humanidad hacia el Superhombre.

El niño es inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira sobre sí misma, un primer movimiento, un sagrado ‘Sí’. La inocencia es la niñez, y la niñez es la eternidad

Friedrich Nietzsche, «Así habló Zaratustra».

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