Por: Ingrid Sjolander – Arcanum Lilithia
En la Antigua Roma, las fiestas Lupercales, también llamadas Lupercalia, se celebraban lo que equivale entre 13 al 15 de febrero, y tenía características que en la era cristiana se dividieron entre las celebraciones del Carnaval y San Valentín.
Sus orígenes y propósito están relacionados con la fecundidad de las mujeres y la naturaleza, y su nombre deriva supuestamente de Lupus, por el lobo, animal que representa al dios Fauno, que tomó el sobrenombre de Luperco, y de Hircus, por el macho cabrío.
Historia
Los orígenes de las Lupercales, en realidad, no están nada claros y en ocasiones son contradictorios. Los textos más detallados que tenemos sobre estas fiestas datan de época imperial y provienen de tres autores: el historiador Dionisio de Halicarnaso y el poeta Ovidio, que vivieron durante el principado de Augusto; y el escritor Plutarco, casi un siglo posterior a ellos. Estos nos ofrecen dos versiones distintas sobre esta fiesta que se remontaba a los orígenes de la ciudad, es decir, entre 700 y 800 años atrás.
Según Dionisio y Plutarco, se trataba de un antiguo rito griego procedente de la región de Arcadia y dedicado al dios Pan Liceo, señor de la naturaleza y de los animales salvajes, en particular de los lobos y de las cabras. Según esta versión, originalmente consistía en una carrera en honor al dios para pedirle que mantuviera alejados a los lobos de los rebaños; de ahí que los participantes se vistieran con pieles de cabra y máscaras de lobos.
En cambio, según Ovidio, su origen se remontaría a los tiempos de Rómulo, el fundador de la ciudad. Según una leyenda, durante su reinado se produjo un episodio prolongado de esterilidad entre las mujeres romanas, por lo que estas realizaron un peregrinaje al bosque sagrado de Juno, la diosa del hogar. Esta les habría respondido que debían ser “penetradas por el sagrado macho cabrío”, en alusión al dios Fauno Luperco, divinidad de los rebaños y de los bosques. Un augur etrusco interpretó la profecía, sacrificó una cabra y con su piel golpeó la espalda de las mujeres; estas, al cabo de diez lunas (unos nueve meses solares) dieron a luz.
Con el paso del tiempo, el papa Gelasio I prohibió y condenó, en el año 494, la celebración pagana de las lupercales. Quiso cristianizar esta festividad, y la sustituyó por la fiesta de la Purificación, que se celebraría el 2 de febrero, con la procesión de las candelas. Esta celebración se unió más tarde a la liturgia de la Presentación de Jesús, por la referencia que el anciano Simeón hace, en su canto, a Cristo como “luz de las naciones”, asociada a los cirios, antorchas y candelas encendidas en las manos de los fieles.
Sin embargo, el carácter de las Lupercales encontró una nueva vía de expresión en el Carnaval, una fiesta popular nacida de los cultos dionisíacos y con un fuerte componente sexual, por lo que casaba muy bien con la idea de propiciar la fertilidad. Los disfraces clásicos, con máscara y elaboradas ropas, tenían el propósito de proteger la identidad de quienes los llevaban y distaban mucho de la imagen de las Lupercales, por lo que la Iglesia finalmente tuvo que aceptar -si bien a regañadientes- esa fiesta como un “periodo de licencia” previo al inicio de la Cuaresma, una época de abstención de los deseos carnales antes de la Pascua.
San Valentín por su parte se convirtió en el día de los enamorados, alejándose del carácter religioso que había querido darle el cristianismo. Al final, la gente demostró preferir a la vieja Luperca que a la virgen o al devoto santo, que les ofrecían la salvación en la otra vida pero menos alegrías en esta.
El Festival y los Ritos
Cada año, se elegía de entre los miembros más ilustres de la ciudad, a una congregación especial de sacerdotes, los Lupercos o Luperci o Sodales Luperci, es decir, «amigos del lobo». Debían ser en su origen adolescentes que durante el tiempo de su iniciación en la edad adulta sobrevivían de la caza y el merodeo en el bosque.
Según la descripción detallada de Plutarco, las fiestas se iniciaban con el sacrificio de una cabra y de un perro en la gruta Lupercal, situada en el monte Palatino, donde según la leyenda habían sido amamantados Rómulo y Remo por la loba. La ceremonia era oficiada por los Lupercos, y al final de esta se iniciaba a dos nuevos miembros del sacerdocio, escogidos entre los hijos de las familias patricias.
Los dos nuevos Lupercos se impregnaban la frente con la sangre de los animales sacrificados y con leche de cabra, se ataban sus pieles a modo de taparrabos -por lo demás iban desnudos- y, disfrazados con máscaras de lobos -o según otras versiones, con la cara cubierta de barro- se lanzaban a correr alrededor del Palatino, golpeando en su camino a las mujeres que encontraban con las pieles de los sacrificios. El espectáculo debía de ser bastante obsceno puesto que Augusto, famoso por su preocupación por la moral, transfirió el papel de los Lupercos a los hijos de la orden ecuestre, vetándolo a los patricios por considerarlo poco digno.
Ante la proximidad de la primavera, el sacrificio de la cabra tenía también la función de aplacar simbólicamente el hambre de los lobos ofreciendo una víctima ritual a su divinidad protectora. Para los primeros romanos, que eran básicamente una comunidad de pastores, procurarse el favor de los dioses de la naturaleza era una preocupación de primer orden.
Un comentario en “Lupercalia: Auyándole a los Lobos”