Por: Nahualli Yoyohuac – El Diablo Baila Cumbia
La historia que te voy a narrar la contaban los antiguos, los ancianos, los abuelos, y dependiendo de donde se encontraran, variaba el relato. Los primeros rastros de este, los encontramos en el desierto salvaje con los huicholes, pasando por los wirarika y bajando a las tierras del valle del Anáhuac. Esta variabilidad se debe a que, nuestro personaje principal se encuentra esparcido por todo el largo y ancho de nuestro continente, con diferentes nombres, pero siempre lo podemos encontrar haciendo maldades, robando comida, haciéndose el muertito o cualquier otra cosa tlacuachesca que se le ocurra. Así pues, esta es nuestra reconstrucción de aquellas historias míticas de los abuelos…
Antes de todo, los creadores del cosmos, El gran Abuelo y La Gran abuela, decidieron crearlo todo, el universo, los planetas, los otros dioses y la tierra, solamente con los animales como habitantes. Durante algún tiempo esto fue así, hasta que la serpiente emplumada con el espejo de obsidiana decidió crear seres más capaces, más parecidos a ellos. Es entonces cuando aparecen los primeros humanos, hechos de madera, sin corazón y bastante poco hábiles para la creación de herramientas. Lo humanos de madera no duraron mucho, fueron muertos por un gran incendio que engullo a la tierra misma. Tiempo después, la serpiente emplumada y su compinche, crearon otros humanos, ahora hechos con barro, más hábiles con las herramientas, pero con la cabeza vacía, también murieron, pero esta vez por un gran diluvio que se los llevo.
Cansados porque todas sus creaciones perecían, tomaron una última decisión, tomaron una mazorca de maíz, su alimento por excelencia, la hicieron masa y con ella formaron los siguientes humanos. Estos tenían todas las buenas cualidades de sus antecesores con una sutil diferencia, el corazón. Así pues, los humanos comenzaron a extenderse por la tierra, formaron familias y luego comunidades. Pero faltaba algo, durante la temporada de calor, podían vivir tranquilamente por cualquier lugar, pero llegado el frio, muchas gentes perecían. La lluvia negra, la nieve blanca y los ventarrones, fueron sus más grandes enemigo y cuando llegaban, les ofrecían a sus dioses ofrendas para que les proporcionaran un poco de fuego. Pero los dioses son caprichosos, no sentían bondad por los humanos de maíz, y solo en ocasiones les proporcionaban el fuego necesario para que estos sobrevivieran. Los humanos de maíz, no tenían otra cosa más que hacer que aguantar.
Los animales, al ser los primeros pobladores de esta tierra, tenían algunos beneficios sobre los humanos de maíz, podían entrar y salir del mundo de los cielos y del inframundo. Algunos de ellos habían hecho amistad con los humanos como es el caso de los Xolos o los Tlacuaches, estos últimos, al ver que los humanos sufrían del frio y la tempestad apostaron por ayudarles. El inframundo era conocido como el lugar donde se resguardaban los mayores tesoros de los dioses. Había espejos de obsidiana, armas para sus guerras y lo más importante el fuego eterno que ardía en una hoguera hecha por el Gran abuelo y la Gran abuela desde el inicio de todo y donde forjaron las estrellas mismas y que estaba resguardada por los dioses gemelos, nadie más que los abuelos podían otorgar alguna brasa. El tlacuache sabía esto porque había pasado a calentarse innumerables veces, pero por su fama de ladronzuelo, los dioses gemelos nunca lo perdían de vista.
Una noche, cansado de ver como sus amigos humanos perecían por el crudo invierno, espero a que llegara el día en que la luna no brillaba en el cielo y descendió hasta el lugar de la hoguera y como todas las noches, los dioses gemelos resguardaban el fuego. Haciendo uso de su gran destreza para los engaños, el tlacuache logro separarlos de la hora, moviendo tesoros y haciendo ruidos para que los gemelos se apartasen el tiempo suficiente. Cuando vio la oportunidad tomo unas brazas al rojo vivo y las guardo en su bolsita de marsupial y con su colita, tomo otro poco de fuego, usando su pelaje como combustible. Cuando los dioses gemelos se dieron cuenta del robo, rápidamente corrieron a detener al tlacuache, llamaron a sus huestes para que lo encontraran, buscaron toda la noche sin éxito. El tlacuache emergió victorioso y con el fuego en la cola y las brasas en la panza, se las entrego a los humanos de maíz quienes le agradecieron la proeza, no obstante, los dioses al enterarse de este acto de rebelión lo castigaron, ya no podía entrar ni al mundo de los cielos ni al inframundo, fue condenado a vivir con los humanos de maíz.
Así pues, fue que surgió nuestro Prometeo, dador de luz, calor y conocimiento, con su colita pelada, quemada por el fuego, con su valor y astucia, nos deja su legado de rebeldía, ¡Ni los dioses pueden parar al tlacuache!