La Verdad del Satanismo

Por: Atfarkos – Defensoru Luciferiu

Mientras que la religión de la mayoría se preocupa de la verdad, como si la verdad fuera algo tan frágil que alguien tiene que cuidar. El Satanismo, la religión del adversario y del conocimiento, no tiene la mirada perdida hacia una supuesta verdad, su interés está enfocado en su capacidad de crear. La capacidad que anteriormente tenían los Dioses antiguos para moldear la realidad a su antojo, ahora está en manos de los humanos quienes reclaman el derecho de ordenar el mundo, y de impartir sus propias verdades.

Como especie, no nos obsesionamos tanto por las cosas que conocemos como lo hacemos con las cosas que creemos conocer. ¡Ahí tienes!, lo evidente que es el alma, el fantasma de la máquina, un fenómeno que está al alcance de cualquiera que piense unos cinco segundos en el frío de sus dedos y en la culpa que le traen sus recuerdos. En donde la conciencia controla el cuerpo ¡Ahí reside el alma!, y el alma está manchada de pecado, pero el pecado puede limpiarse con arrepentimiento… Y construimos todo un mundo metafísico que se sostiene sobre intuiciones “evidentes” presentadas como la verdad de las verdades. Realmente, no se podría esperar nada menos del animal más egoísta de la faz de la tierra: El mundo se nos ha dado por gracia, tiene sabores amargos y dulces, puede ser áspero y acolchado al tacto, un mundo hecho a la medida de nuestros sentidos, o al menos eso afirmamos los mismos humanos. A saber, si es que el águila tendrá la misma intuición sobre las corrientes que conectan los riscos, y el delfín acerca de los vastos mares que dominan sobre la tierra.

Podría parecer que la meta máxima impuestas por la religión de la mayoría: la disolución del Ego, es solamente asunto sacro que no incumbe a los mundanos Satánicos. Pero, tal como el Papa Negro vaticino en su momento, es un germen contagioso que abarca cuanto puede. La disolución del ego se concreta igualando lo no-igual, de manera que <tú, lector> no eres exactamente igual a mí, pero a los ojos de Dios ambos somos pecadores y nos ama por igual (o eso dicen los promotores de la religión de la muerte), poco importa lo que te hace ser quien eres y te diferencia del resto, en tanto para el gran plan ya se te ha impuesto una meta y una identidad. El individuo se vuelve objeto abstracto frente al Dios todo poderoso al que no le interesa el Individuo en tanto es sujeto, sino en tanto es espíritu. Un espíritu sin color ni aroma, sin miedos ni deseos, un espíritu como todos los demás espíritus que están a su servicio. Así los humanos diluimos  los objetos, abstrayendo las propiedades que nos placen para trabajarlas y modificarlas. La invención de los conceptos son pues descripciones del objeto que nos parecen verdaderas. Así como Dios diluye a los individuos, los humanos diluimos a los objetos para alcanzar esa meta obsesiva que es “la verdad”: Arbitrariamente le ponemos categoría a las cosas; mamíferos, disciplinas, religiones, sacro y profano, todas abstracciones que nos inventamos de lo natural y que surgen de las percepciones de la carne, se concretan en la intuición individual, y se articulan con los ruidos que hacemos con la boca. Y a eso pretendemos llamarlo “verdad” cuando se vuelve común y conveniente.

Del objeto abstraemos artificialmente lo objetivo, de manera que la llamada “realidad objetiva” no es sino un artificio de lo natural. Se ha dicho osadamente, que las matemáticas son el lenguaje de Dios, objetivo, cuadrado, perfecto. El matemático encuentra en todas las cosas la perfección de las matemáticas, sin tomar en cuenta, en primer lugar, que ese lenguaje abstracto no fue creado por Dios sino por humanos. Diferentes culturas han inventado sus propios símbolos para representar sus propios valores, así como la relación que tienen entre ellos: Como los Babilonios y Egipcios quienes carecían del concepto de la nada (El Cero), hasta los Mayas y Romanos con numeraciones más sofisticadas. El sistema matemático que utilizamos tan naturalmente en la actualidad es el Arábigo, habría que preguntarnos entonces si ¿Alá es quien le dio forma al mundo en su propio lenguaje?. Así el matemático no está descifrando el lenguaje de Dios, en última instancia está proyectando el reflejo de su verdad en la naturaleza, una verdad antropomorfa y oculta no por Dios sino por humanos.

Satán, visto tanto como El Dador de Conocimiento en su forma angelical de Lucifer, así como El Padre de Mentira en su forma demoníaca, no se contradice en ninguna de sus identidades. La naturaleza no conoce formas ni conceptos, no conoce de géneros ni de verdades. Todos estas son mentiras a ojo de la naturaleza, mentiras convenientes que los humanos hemos construido para darle orden a las intuiciones. Mentiras que se han tambaleado con las inclemencias del tiempo, y que se han caído y reformado incontables veces. Quien acepta una verdad como absoluta, se miente borreguilmente de forma obligatoria, a conveniencia de la porción de su <todos nosotros>.

“¿Qué es entonces la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que  han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora consideradas como monedas, sino como metal.”

-Friedrich Nietzsche; Sobre verdad y mentira en sentido extramoral-

De forma (quizá no tan) involuntaria, olvidamos que los conceptos y abstracciones no son más que metáfora e intuición, y que la fantasía tiene muchísimo más mérito en la construcción de lo objetivo y lo real, creemos en “esta manzana”, “este árbol”, “está irá”, “este Satanás hecho carne” como verdades más allá de las palabras, tal como los antiguos hechiceros alumbraban la oscuridad con su voz al darle nombre a las cosas. Creamos nuestra realidad al darle nombre a cuantas partes de ella nos plazca, tal como el alfarero le da forma al jarrón. En tanto somos conscientes de nuestro poder como Dioses creadores de realidad, ponemos la verdad a nuestra disposición en lugar de obsesionarnos con ella como algo deseable.

La objeción más escandalosa a este reclamo por el poder de crear, que se nos señalen por ser pretenciosos de la verdad, una acusación por el subjetivismo más puro y duro que raya en lo solipsista. A esos que los invade el terror de ser arrojados a la oscuridad del caos de la que tanto se han refugiado en la luz de sus conceptos objetivos <de cierto os digo> que el mayor de los esclavos de la subjetividad no es otro que aquel que pretende haber escapado de ella. Por la soberbia de saberse poseedores de la verdad han sido abrazados por el mayor de los engaños, como Jehová al prohibir aquel fruto, de haber llegado al fin de la historia. No hay nada más perfectible que la verdad de las verdades, esa verdad que se conoce y se predica como una “buena noticia”, la buena noticia que ya no hay nada que perfeccionar, ya no hay razón para cambiar ni avanzar, este es el fin del camino y ellos (así lo creen) han llegado primero.

Los Satanistas podemos ver en esas verdades los fragmentos de caos que las delimitan. Estando sujetas a las intuiciones de quien las experimenta y a la voluntad de quienes las predican. En cada una de esas verdades convenientes nos servimos de lo inconcluso para crear y expandir nuestro dominio. En el pasado, cuando las llagas en la piel eran manifestación de maldiciones demoníacas, aparecieron las brujas que con su intuición encontraron poder sanador en el caos de esa verdad, de su conocimiento heredamos una categoría nueva que originalmente formaba parte de un caos innombrable: La Medicina. Así la Magia se sirve del caos para manipular la realidad a imagen y semejanza del mago Satánico, Dios y dueño de su propio universo.

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