La revolución no volverá a tener lugar – El fin de la revolución y la era de la complacencia

Por: Esteban Barquera – Primus Draconis

Hemos presenciado la transformación del poder y su relación con la resistencia. El poder anteriormente era represivo, pero esto encendía el espíritu de la revolución, así que se adaptó y para eliminar la resistencia el poder utilizo la dependencia. Hoy vivimos en un mundo complaciente, tenemos que ser sumisos para ser considerados ciudadanos de bien y productivos para ser considerados útiles, no dejando lugar para pensar en revolución, porque sería atentar contra todo lo que nos hemos ganado por mérito propio.

Al probable “revoltoso” se le hace autodestructivo, de a poco la estrategia de señalar a un enemigo en común, se volvió tan masiva que ahora vemos al enemigo en nosotros mismos, el sistema nos enseña que no hay nada peor que lo disidente, corrijo* no hay nada peor que pensar por nosotros mismos, corrijo* no hay nada peor que ser nosotros mismos.
Así que dedicamos nuestra vida a trabajar para ganarnos el sustento y la aceptación de los demás, esto lo vemos como el más grande acto de auto respeto; trabajar y producir hasta quedarnos sin alientos, el capitalismo nos lo exige, ya que necesita perpetuarse a través de la frecuencia de consumo, esto nos pone a competir entre nosotros para incrementar la productividad, y ver quien puede derrochar más, de paso, destruir la solidaridad, el civismo; eliminar toda resistencia.

El capitalismo no solo domina las estructuras económicas, sino también el pensamiento crítico, él marca la pauta de lo que está bien y lo que está mal, lo que es bueno o malo para nosotros. Esta dominación se manifiesta en la conformidad, donde la complacencia se convierte en una forma de aceptación del statu quo impuesto por el sistema. La dependencia en este sistema se vuelve tan arraigada, nos aliena, nos hace desconfiar nuestras capacidades y deseos auténticos, perpetuando así la lógica del poder dominante, haciendo que la resistencia parezca cada vez más remota, el sistema ha logrado neutralizar cualquier impulso revolucionario.

La revolución tal como la conocíamos ha perdido su lugar en la historia, “el capitalismo se consumó en el momento en el que vende al comunismo como mercancía; y el comunismo como mercancía es el final de la revolución”. Solo nos queda por delante actos de rebeldía individual que vayan generando cambios que permitan de nuevo integrar estas fibras que imposibiliten el paso de la opresión, oligarquía, autoritarismo y sumisión intelectual.
Más que nunca es importante recordar que “el ocio es revolucionario”, en gran medida porque permite pensar en revolución, pero, sobre todo, porque nos permite pensar en nosotros mismos, y en nuestras necesidades, nos lleva a encontrarnos con nosotros mismos, a mantener vivo al Eros, con ayuda de la ética egoísta la cual nos invita a desafiar estas estructuras y a reclamar nuestra libertad.

Debemos negarnos a ser meros engranajes en la máquina del capitalismo, no negarnos a nosotros mismos. En lugar de buscar la validación externa a través del consumo y la productividad sin fin, nos centramos en cultivar nuestras propias pasiones y placeres. Abrazar la ética egoísta no significa abandonar toda forma de solidaridad o cooperación; al contrario, al reconocer y afirmar nuestra propia individualidad, también abrimos la posibilidad de relaciones más auténticas y genuinas con los demás, pudiendo entender así sus necesidades. En lugar de competir por escasos recursos en una carrera interminable hacia la cima, podemos construir comunidades basadas en el respeto mutuo y la colaboración voluntaria. Esto nos libra de la pulsión de muerte generada por el capitalismo, que nos empuja hacia la autodestrucción en busca de una felicidad ilusoria y temporal; así podemos aspirar a encontrar una verdadera emanación de libertad.

Dejar ese cambio a alguien más o pensar que el cambio se da por sí mismo, es síntoma de la adicción a la esperanza, a sentirte controlado, a la miopía de que tenemos responsabilidad de lo que pasa en el mundo, pero, sobre todo, a mantenerte en la ignorancia; recuerda que el capitalismo te ama tanto como Dios lo hace. ”In God We Trust”?

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