Rompiendo con el ateísmo

No tiene sentido que tu primer instinto al quedar a oscuras sea quemarlo todo para obtener luz, y menos que confundas la luz que emana de ahí con la luz del sol; cuando bastaba que te retiraras la máscara y salieras de tu escondite, para comenzar a caminar en el atardecer, hacia un nuevo amanecer.

Por: Esteban Barquera Co-Fundador Templo de Satán

El satanismo invita al autoanálisis continuamente, también al pensamiento crítico y justamente este ejercicio me ha conducido a toparme con cuestiones, dentro del mismo satanismo que ya no me hacen sentido, esto basándome en lo que yo considero que busca el satanismo y su filosofía fundante. También veo en tendencia que haya tantos satanismos como satanistas, y si bien generalmente soy un defensor de la pluralidad; en esta ocasión, cuestiono su coherencia interna de esa variedad de satanismos, sobre todo cuando adoptan elementos teístas o mágicos sin una revisión crítica y un marco analítico adecuado. No busco imponer una “pureza”, sino preservar la claridad filosófica de una corriente específica, ya que considero que a través de la limitación evadimos el capricho. Es una realidad que no todo lo que se llama satanismo comparte los mismos fundamentos e incluso no debería ser llamado satanismo, por ejemplo: aquel en el que se hacen sacrificios de cualquier tipo.

Hoy presento esta disertación que he realizado sobre el ateísmo, su función del mismo en el satanismo y si tiene cabida en general; pero sobre todo qué aporta a la argumentación en mi postura, de alejar al satanismo como una religión. Así que este texto lo considero complemento dentro de esa tesis. Es importante revisar cualquier creencia, sobre todo cuando ya se dan por hecho elementos dentro de la misma, esto para evitar las trampas de los sesgos.

Comencemos enmarcando el satanismo en que me voy a enfocar para dejar claro los parámetros que tomé en cuenta para hacer el análisis; yo tengo muy claro que el satanismo que he estudiado todos estos años es el de Anton Szandor LaVey (1966), que, si bien en algunas cuestiones de su filosofía ya son anacrónicas o desfasadas en este tiempo, cabe mencionar que aún encuentro valor en su epistemología. A continuación, mencionaré algunos puntos claves:

  • El satanismo de LaVey no cree en entidades sobrenaturales, su satán no es un ser real, sino un arquetipo: representa la rebelión contra la opresión, la hipocresía, y religión; busca la exaltación del yo y la afirmación de la vida terrenal. En donde los rituales tienen un valor simbólico y psicológico, no espiritual ni sobre natural; estos ayudan a canalizar emociones, reforzar la voluntad y provocar cambios psicológicos en uno mismo o en los demás. Es una herramienta teatral y psicológica, no mística.

Satanás representa todos los llamados pecados, ya que todos ellos conducen a la gratificación física, mental o emocional.”

  • Uno de los pilares del pensamiento laveyano es la “indulgencia consciente”. A diferencia de muchas religiones que promueven la negación de los placeres, la única regla (por así decirlo) es que esto se puede hacer siempre que no se cause daño a otros.

Satanás representa la indulgencia en lugar de la abstinencia.

  • La ética egoísta laveyana gira en torno al individualismo. Cada persona es su propio dios, responsable de su destino y de sus decisiones. No hay lugar para el sacrificio altruista como deber moral; en cambio, se valora la reciprocidad, la justicia proporcional y la autodefensa. También en esta parte suele ser muy malentendido el egoísmo del satanista, como si solo nos preocupáramos por nosotros mismos, pero nada más alejado de la verdad; en este sentido, creo que LaVey lo deja muy claro en su obra. Pero es fácil entenderlo: se busca ser un egoísta constructivo como Prometeo y no uno destructor como Caín.

Satanás representa al hombre como otro animal, a veces mejor, más a menudo peor que aquellos que caminan en cuatro patas.” 

  • El conocimiento, debe basarse en la experiencia empírica, la observación directa y la lógica racional. Su satanismo se apoya en una visión materialista del mundo, donde no existen planos espirituales, ni fuerzas invisibles. La realidad es tangible, y el ser humano es un animal más, aunque dotado de razón y voluntad.

La religión debe ser para el hombre, no el hombre para la religión.” 

Como podemos ver, es innegable que LaVey tenía una postura atea, y todo lo demás que utilizó fue marketing, parte de su estrategia fue tomar símbolos, rituales, conceptos e incluso el estatus de religión para usarlos en contra de las mismas religiones; esto para fortalecer su crítica. Parte de su objetivo era desmontar a través de la visibilización, las aberraciones de las religiones, y lo que pasa cuando se tienen creencias ciegas conformadas por borregos.

Tengo que reconocer que me resulta impresionante y fascinante, que, aunque en los tiempos de LaVey no tenía el acceso a la información que hoy tenemos, logró desarrollar una base rica tanto filosófica como simbólica, pero haciendo honor a la verdad: no alcanza a profundizar en algunos temas antropológicos, filosóficos, pero sobre todo religiosos, en gran medida derivado de las mismas limitaciones de la época; aun así su legado se ha vuelto imprescindible para el satanista.

Pero si LaVey como fundador de esta filosofía la consideraba atea, ¿por qué busco cambiar esta postura? Yo les haría la siguiente pregunta: ¿por qué necesitamos negar algo que consideramos inexistente, pero sobre todo irrelevante para nosotros como satanistas ateos?

La postura atea deja la puerta abierta a narrativas como la del pacto, iconografías repetitivas carentes de contenido, trabajos mágicos diversos, productos intencionados, y ni hablemos de los más extremos e irracionales eclecticismos o desvaríos de vivir entre los dos mundos: el del teísmo y el ateísmo. Al insistir en una postura atea dentro del satanismo, se corre el riesgo de reforzar la idea de que hay algo que negar activamente, lo cual paradójicamente mantiene viva la noción de un “dios” o “Satán” como entidad ontológicamente existente, aunque sea para rechazarla.

Justo estas ideas nos llevan a perpetuar estructuras religiosas como: la fe en la ciencia, el progreso como algo inevitable, la democracia como dogma, el capitalismo como sistema natural y una moral guiada (haz tu voluntad: será toda la ley). El mismo ateísmo lo hemos secularizado, y llenado de supuestos religiosos, como si no pudiéramos alejarnos de nuestra herencia cristiana. Nos ha sido muy fácil encontrar remplazos o sustitutos a todas esas ideas, imágenes, rituales, iconos, arquetipos. Por ejemplo, la cruz invertida, el tetragrámaton al revés, misa negra, el angelito negro, etc. Nos sentimos los grandes rebeldes, los opositores, cuando solo nos da la cabeza para estos infantiles intentos de apropiación.

Pero lo peor que hemos permitido, es que esta práctica nos ha mantenido sumergidos solo en el “análisis filosófico para interpretar el mundo”, y resolver las problemáticas con rituales, velas aromáticas e imágenes de diablos elegantes con ansiedad porque alguien les dice “hermano”; claramente ya olvidamos que este movimiento surgió para cambiar el mundo, modificando las bases materiales con una real disidencia. LaVey entendió que la religión se utilizaba para pacificar al individuo, él quiso despertar voluntades, para que desde tu vivencia en el mundo modificaran su entorno y pudiéramos emanciparnos.

Símbolos como la cruz invertida, el pentagrama o Baphomet, no fueron creados para ser adorados, sino para profanar y subvertir los símbolos religiosos tradicionales. Su función era provocar, desmitificar y desmantelar el pensamiento mágico.

Decimos ser nuestro propio dios, pero seguimos siendo “el camello” del que nos habló Nietzsche, parte del peso que cargamos es esa negación activa, que llamamos ateísmo, ya vivimos demasiado bajo la ilusión que generan las religiones, esta ilusión es la que nos confunde y nos hace ver el ateísmo como una forma de expresarnos como libres pensadores, pero con el tiempo nos posiciona en una libertad para no pensar más allá de lo que ese credo nos permita; estoy seguro de que la rebelión que simboliza satán, no comienza con deidades ajenas, sino con lo que los grupo satanistas nos marcan como vigente.

Pero la deificación no es una fantasía de omnipotencia, sino una afirmación política y filosófica de soberanía personal, que implica asumir plena responsabilidad sobre la propia existencia dentro de los límites de la realidad material. Por ello, el satanista debe eliminar el autoengaño, no para creerse fuera del sistema, sino para reconocer su subjetividad como un espacio legítimo de poder, siempre que no interfiera violentamente con el de los otros. Esto no significa validar la construcción de nuevas mitologías para justificar amigos imaginarios.

Si aspiramos a un nuevo comienzo real, hay que dejar de replicar lo que conocemos, ya que se tiende a repetir los mismos patrones, que derivan en malas copias; el ateísmo es la sensación de vértigo que nos deja la elección de vivir sin fe, y la fe es el peor de los hábitos psicológicos que conozco. Yo sí busco ayudar a construir un satanismo en el que se luche contra la corrupción del poderoso, contra los falsos gurús y charlatanes, estructuras esclavizantes o necropolíticas y sistemas moribundos dirigidos por “teócratas” que buscan llevarnos a todos con ellos a la tumba. El enemigo ya no es dios, es la maldad que ahora se ha convertido en una aspiración, no porque sea una virtud, sino porque nos permite oprimir a unos, y vengarnos de otros. En vez de lograr justicia, este enemigo corrompe, y se manifiesta cuando ejercemos el poder de manera irresponsable.

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