Por: Esteban Barquera cofundador Templo de Satán
Es esta irrevocable voluntad de vivir la que, si el hombre no estuviese tan «altamente evolucionado», le daría el espíritu combativo que necesita para seguir con vida.
—Anton Szandor LaVeyEl hombre moderno muere como vive: mecánicamente, sin voluntad, sin sentido. Hasta morir le cansa.
—Friedrich Nietzsche

Primera Parte – Expresión Del Cuerpo Sin Compulsión
La voluntad es la capacidad inherente del cuerpo para ordenar su propia conducta como experiencia afectiva y operativa. La experiencia afectiva es la vivencia del cuerpo en relación con lo que lo afecta, pero no solo emocionalmente sino también es sus respuestas fisiológicas a los distintos estímulos; mientras que la experiencia operativa es la capacidad del cuerpo para actuar, intervenir, transformar o sostener relaciones en el mundo. Es el cuerpo como agente, operador de sentido y acción. Lo operativo no es solo funcional, sino también ético. Entonces la voluntad se manifiesta como una expresión concreta de la vida corporal, compuesta por tres elementos fundamentales: entendimiento, deseo y libertad, que buscan generar una ética inmanente capaz de dar orden y sentido a la existencia.
En esta estructura el entendimiento es la capacidad del cuerpo para reconocer sus afectos y operar en función de ellos; el deseo, lejos de ser carencia, es afirmación de la existencia; y la libertad no en un sentido de libre albedrío, sino como posibilidad de actuar según su necesidad, sin compulsión externa. Así que no se tratan de facultades abstractas, ni de estructuras metafísicas, sino de manifestaciones inmanentes y concretas de la potencia del cuerpo. Un cuerpo con potencia es el que tiene la capacidad de preservarla para afirmarse y actuar, no es poder sobre otros, sino poder ser uno mismo en relación con otros.
La ética que emerge de esta estructura es el modo por el cual un cuerpo se relaciona con otros cuerpos sin perder su potencia. Es el orden interno que impide que la voluntad se disuelva en el caos, y el sentido que se afirma cuando esa voluntad se orienta en el mundo con conciencia y dirección. En múltiples definiciones clásicas, este componente ético ha sido sustituido por el “intelecto”, entendido como potencia racional del alma. En la tradición platónica, por ejemplo, el intelecto subordina la voluntad y somete las emociones a su dominio.
Sin embargo, esta estructura dualista impide una definición materialista y monista de la voluntad, relegando las emociones a una periferia ontológica. Por ello, prefiero hablar de ética antes que de intelecto: no como norma externa, sino como expresión interna de la potencia.
Es importante distinguir entre la estructura de la voluntad —entendimiento, deseo, libertad— y los pasos de su ejercicio: tener un objetivo, deliberar, decidir y actuar. Más allá de esta secuencia, la voluntad como experiencia corporal implica lo verdaderamente necesario. Y por necesario no me refiero a lo arbitrario ni contingente, sino a aquello que se muestra como evidente en su necesidad racional como lo que es y que no puede ser de otra manera porque responde a la naturaleza del cuerpo y su modo de existir.
La voluntad, entonces, no es una elección entre posibilidades dadas, sino la afirmación de lo único posible en un cuerpo que se reconoce como tal. La separación entre cuerpo y mente, cuerpo y alma, lo material y lo espiritual, no es viable: sería como afirmar que uno es dueño de su cuerpo, cuando no hay un “yo” separado de él.
Por ejemplo, cuando se castiga a un imputado —sea por crimen o pecado— el castigo se dirige al cuerpo, incluso si se cree en la separación entre cuerpo y alma. Esto revela que, en las estructuras jurídicas y religiosas, el cuerpo es el lugar donde se inscribe la voluntad, o su ausencia. La voluntad no se castiga en abstracto: requiere un cuerpo que castigar.
Este cuerpo se compone de dos características fundamentales: una cinética, que refiere a la estructura interna —la relación entre los elementos que constituyen un cuerpo—, y una dinámica, que es la capacidad de afectar y ser afectado por otros cuerpos y su entorno. Esta distinción se vincula con el conatus de Spinoza, como expresión de lo quinético —la perseverancia en el ser—, y con la potencia de actuar en Deleuze, como expresión de lo dinámico —la capacidad de devenir en el encuentro. Lo relevante no son las similitudes físicas ni las categorías biologicistas, sino los efectos que un cuerpo produce en el mundo. Un cuchillo, por ejemplo, no es solo un objeto cortante: es una entidad que puede operar como herramienta, arma o símbolo, según las relaciones que establece.
Desde esta perspectiva, la compulsión puede entenderse como la ausencia de voluntad. Es la imposibilidad de responder a un deseo. En un sentido más amplio, es el acto de ser dirigido por una fuerza externa —física, moral o simbólica— que constriñe la potencia del cuerpo. En contextos de alienación, como el deseo inducido por el consumo, la medicalización del comportamiento o la automatización del trabajo, el deseo está capturado por estructuras que operan sobre el cuerpo sin que este las reconozca como impuestas. El deseo inducido no es voluntad: es compulsión disfrazada.
La libertad, entonces, no consiste en elegir entre opciones dadas, sino en crear las condiciones para que el cuerpo pueda afirmarse sin coacción. Toda conducta que niega esta afirmación —como la coacción— es contraria al ejercicio de la voluntad, pues elimina uno de sus elementos constitutivos (la libertad). Por ello, considero violento todo aquello que va en contra de la inclinación natural de algo: esto es la tendencia que tiene un cuerpo a actuar según su estructura interna y sus relaciones dinámicas. Es su modo de existir, su conatus, su impulso vital; no es un instinto ciego, sino una orientación que emerge de su composición y de sus encuentros. Por ejemplo, una planta se inclina hacia la luz no por elección, sino porque su estructura la orienta hacia lo que la potencia.
Por lo tanto, nada puede ser al mismo tiempo natural y violento, ni voluntario y violento, ya que esto implicaría una interrupción, negación o coacción de la inclinación natural de un cuerpo. Si algo es natural, es porque responde a su modo de existir; si es violentado, es forzado a actuar contra ese modo, ingresándolo a una estructura de sometimiento.
El libre albedrío, en este sentido, no tiene nada de libre: es una ilusión, consecuencia de ser conscientes de lo que deseamos, pero que somos ignorantes de las causas que nos llevan a desearlo. Esta «cadena infinita» de causas y efectos, al no ser conocida, se convierte en una sensación de libertad, cuando en realidad es una compulsión hacia la incertidumbre, que se guía por impulsos que no podríamos reconocer como propios (impuestos). Además, que gracias a él permanece un falso sentido de elección que deja de abarcar lo individual para convertirse en compulsión estructural.
Entonces, podríamos concluir que la voluntad no es la simple elección entre lo desconocido, sino el reconocimiento de lo necesario en medio de lo incierto y, que requiere, la afirmación de un cuerpo que sabiéndose afectado, no se permite someter; este cuerpo afirmado se reconoce a sí mismo en sus afectos, deseos y acciones; es lo contrario de la represión, la alienación o la compulsión. Para que un cuerpo se afirme debe permitir operar según su potencia, sin coacción externa, en un gesto que es a la vez ético, político y existencial: el cuerpo no se adapta a aquello que lo niega, sino que se afirma en aquello que lo potencia.

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