Esto va más allá del tiempo – La Lucha Social

Cuando en un grupo todos piensan igual, nadie de ese grupo está pensando.

Con náuseas después del discurso de un personaje el 20 de noviembre, que llegó a un grado tan alto de cinismo que reí los veinte minutos —y un poco más— que duró dicho discurso, el cual me dejo un retrogusto de amenaza. Agotado por días de conflicto continuo, locura y estupidez extrema, recordé que leer a George Orwell siempre me levanta el ánimo; así que me dispuse a releer “Rebelión en la granja”, que en su último párrafo dice:

«Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro».

Después pensé: un gobierno con mucho poder, pero con demasiada deuda política, que funda sus cimientos en utopías, está destinado a fracasar o a convertirse en un monstruo. Y cuando todos sean monstruos, ya será indistinguible uno de otro, al grado de que en los discursos se estará hablando de una persona y parecerá que se están describiendo a sí mismos.

La primera semana de noviembre (2025) estalló un revuelo que se potenció a niveles monumentales: algo que se ha venido dando en la política en general y que migró a las marchas hace mucho tiempo, esto es, la excesiva atomización de los participantes en las movilizaciones. Aún recuerdo las primeras experiencias en las marchas en las que participé activamente, por allá de 2001.

En aquel entonces —aunque no siempre lo entendía del todo— las luchas se entrelazaban de forma natural. En una misma movilización podías ver a colectivos feministas junto a comunidades indígenas exigiendo seguridad, pero también acceso al agua; trabajadores reclamando condiciones dignas; campesinos explicando la importancia estructural de su labor y cómo los programas gubernamentales fallaban en garantizarles pagos justos por sus productos. En ese ambiente me enamoré de la potencia de la lucha social: existía una comprensión implícita de que todos esos frentes, tarde o temprano, se interconectan.

Pero en algún punto —difuso y difícil de ubicar— esa articulación comenzó a fragmentarse. De pronto surgió la idea de que cada lucha debía aislarse en su propio nicho, casi como un producto de marketing. Las marchas empezaron a funcionar como compartimentos estancos donde, incluso, se veía mal que alguien participara si no pertenecía al gremio convocante. La empatía dejó de ser un criterio legítimo para movilizarse, como si solo el “miembro certificado” pudiera verse atravesado por una problemática.

Claramente, esto al único que benefició fue al opresor o al generador de violencia en turno: la problemática real salió de la conversación y se la mantuvo en pequeños grupos peleando quién tenía el derecho de participar y quién no; los excluidos se convirtieron en adversarios o incluso en enemigos de los que se percibían como ajenos al gremio.

Entonces nacieron las policías de las luchas sociales: pequeños grupos que tomaban las luchas y te decían en qué espectro del discurso o del pensamiento te tenías que mantener para ver si ellos te daban permiso para movilizarte; y cuidado si lo hacías sin su permiso o sin encajar en el molde, porque automáticamente te convertías en enemigo y parte del problema.

Bueno, esta policía ha llegado a otro nivel: salió del cuartel y de la agencia de marketing para decirte que ahora, no solo tu forma de pensar se debe ajustar precisamente al grupo hegemónico que haya tomado la lucha en sus manos, sino que, si tú le colocas nombre a tu movilización, ese nombre debe describir tu movimiento, lo que pides, a quién convocas, tu clase social, tu afinidad política y ahora hasta tu año de nacimiento; de lo contrario, estos grupos policiacos te señalarán como estúpido e irracional, además de decidir que tu marcha no es legítima.

Este fenómeno no es solo contemporáneo: encaja con lo que Nancy Fraser describe como el giro hacia el reconocimiento, donde las luchas se fragmentan al grado de volverse incapaces de construir agendas comunes. Y es, a la vez, un síntoma de lo que Ernesto Laclau y Chantal Mouffe explican: si se rompe la articulación entre demandas diversas, se rompe también la posibilidad de construir un “nosotros” político. La expulsión de la diferencia y la vigilancia discursiva dentro de los mismos colectivos —ese afán de normar la palabra y la pertenencia— no hace sino reforzar esa atomización, como bien ha analizado Byung‑Chul Han.

Todo esto es particularmente trágico en el contexto mexicano, donde históricamente las luchas nunca fueron compartimentos cerrados. El zapatismo, el movimiento estudiantil del 68, las movilizaciones de 2012, etc. todos se nutrían de alianzas transversales, de gente que entendía que la injusticia no llega parcelada. Ese hilo histórico —esa memoria de articulación— se nos está rompiendo justo cuando más la necesitamos. Esto no es casualidad, el mismo mito que desarrollo el partido en curso al presentarse como el paladín de todas las luchas sociales, al instalarse en el poder nos impregno de un falso sentimiento de justicia.   

Pero hay que entender que ese comportamiento de polarizar, separar y confrontar son estrategias de la hegemonía, no de las personas que, a falta de resultados y atención del gobierno, deberíamos alzar la voz; porque el gobierno representa a todos, hayas o no hayas votado por ellos. Compartas o no las ideas del grupo con el que marchas —porque ese también es un gran problema—, si las luchas sociales se siguen haciendo a la medida, en un futuro no muy lejano tendremos que salir de uno en uno a marchar. — Claro hablo de las luchas por el bienestar común, no por intereses particulares —.

Y no solo eso: la exigencia individual convierte en adversario al que está más próximo a nosotros, abriendo la puerta a que el gobierno no solo quede impune, libre de atender la exigencia social, sino que también se le autorice para que rompa la ley con tal de que nuestros deseos de venganza sean saciados. Lo digo claro: que el gobierno encierre, castigue o vigile a los que no son delincuentes, pero con quienes no concuerdas, y que no te gustan sus formas, no solo te hace sociópata y vil, sino iluso porque crees que ahora el gobierno es tu amigo.

Te guste o no te guste, marchar y reunirse para organizarse es legal, legítimo y necesario; y no es “apoyar” a un grupo en particular —en este caso a empresarios, ricos o whitexican—, porque sería como decir que, si no marchaste, apoyas al gobierno. O el argumento del número de participantes: como si la cantidad de asistencia fuera proporcional a la importancia de la problemática o a la legitimidad de la exigencia. Les pregunto: ¿entonces, a partir de ahora descartamos a las minorías porque no llegan a los “números”, o las exigencias individuales de justicia porque una sola voz no vale? Ya estamos grandes y deberíamos estar preparados intelectualmente para llevar la discusión a otro nivel de análisis.

Hablando de falta de estrategia, desarrollo intelectual y entendimiento del mundo fuera del universo subjetivo: la Presidenta no supo en ningún momento manejar el conflicto. Desde su espacio personal y panfletario conocido como “la mañanera” —convertido en monumento para celebrar la impunidad y demagogia nos ha demostrado y mostrado que, si algo hace bien el gobierno mexicano, es burlar las leyes que juraron proteger—, luchó por mantener la compostura, viviendo rodeada de problemáticas que ya la rebasaron a ella y a su equipo; que, a su vez, tienen decenas de asesores a quienes solo les alcanzó la cabeza para acusar a los bots, celebrar su aprobación, enaltecer al “pueblo bueno y sabio”, pero dudar de su capacidad crítica al llamarlo “manipulables”. Sin ningún reparo se incitó a una “cacería de brujas” al exhibir datos y rostros de ciudadanos mexicanos, ejerciendo censura indirecta, y ya en la marcha: censura directa, represión y criminalización.

¿Qué se exige? Las 40 horas de trabajo; seguridad pública efectiva; salud pública digna, de calidad, con medicamentos prioritarios (mínimo); que se rompan tratos y alianzas con el narco; transporte público digno y seguro; que se esclarezcan los delitos conforme a la ley y se clasifiquen de manera correcta; que se disuelva el cuerpo de granaderos que no son granaderos; que se retiren los militares de las calles; una estrategia que permita a los ciudadanos acceder a vivienda y rentas acordes con el poder adquisitivo del mexicano; y que se expulse o se regulen los fondos buitre de inversión que solo generan burbujas de especulación —en este caso, la inmobiliaria—. También: no solo basta con encerrar a los corruptos de bajo rango, sino a sus cómplices de jerarquías más altas; se debe recuperar el dinero y presentar una rendición de cuentas transparente, sin condicionamientos ni clasificaciones de información “reservada”. Gestión adecuada de los medios, recursos y capital.

¿Qué no busco? Estoy en contra de la revocación de mandato bajo la estructura actual. No a la intervención extranjera de cualquier tipo o grado —ya sea disfrazada de colaboraciones internacionales, fondos de crecimiento, contrataciones de servicios o concesiones—.

Esto ya no tiene que ver con partidos ni personas en específico: esto es una situación insostenible. El sistema está tan corrupto que ya no importa quién llegue al poder: se tiene que amoldar a la silla que ocupa y el relato está tan arraigado que los hechos ya no son importantes. Entonces, en vez de estar peleando para ver quién dirige la granja, deberíamos pensar si la granja es el lugar correcto para estar.

Lo que sí les puedo decir de esta situación es que estoy seguro de que el tiempo no arregla nada ni te hace sentir mejor; pero lo que sí hace es provocar el olvido. Mañana no recordaremos a los manifestantes presos, ni a los alcaldes muertos, ni a los desaparecidos por el narco; olvidaremos a los gobernantes que nos sometieron a toletazos y a esa presidenta que un día fue una supuesta luchadora social, pero que ya olvidó lo que es vivir como pueblo.

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