Flora Tristán: vida y obra de una paria

Por: Esteban Barquera

«…excluida de todo por la malevolencia, no es, en esta sociedad que se enorgullece de su civilización, sino una desgraciada paria a quien se cree demostrar favor cuando no se la injuria.» — Flora Tristán

Ilustración artística dedicada a Flora Tristán, con su figura en el centro rodeada de escenas que representan su vida y legado: un barco de vela, edificios históricos, manifestaciones obreras con una pancarta que dice “Unión Obrera”, personas leyendo y escribiendo en grupo, y una persona hablando ante una multitud. En la parte inferior aparecen un libro abierto, una pluma con tintero y arreglos florales, junto al nombre “Flora Tristán 1803–1844” escrito en caligrafía decorativa. La composición utiliza tonos violetas, rosados y dorados que crean un ambiente evocador y poético.

Pocas vidas me han parecido tan interesantes y trágicas como la de Flora Tristán, pero que además dejaran un legado que impactó en la vida obrera, en el análisis económico y social. Nacida en París en 1803, hija ilegítima de un aristócrata peruano y una francesa sin fortuna, terminó siendo una de las voces más incómodas del siglo XIX para dos mundos que normalmente no se miraban —el del feminismo incipiente y el del socialismo obrero. No encajó del todo en ninguno, y quizás eso sea precisamente lo que la hace interesante.

Su padre, Mariano de Tristán, murió cuando ella tenía cuatro años. Sin matrimonio reconocido legalmente en Francia, Flora y su madre quedaron sin herencia, sin estatus, sin nada. Esa caída —de una infancia holgada a una adolescencia en la pobreza— marcó su manera de entender el mundo, no como algo dado, sino como algo que se construye sobre exclusiones, mismas que vivió de primera mano.

A los diecisiete años se casó con André Chazal, un litógrafo. Poco tiempo le tomó darse cuenta de que había sido un error del que le tomaría muchos años escapar. Chazal era violento, y el divorcio no existía en la Francia de entonces. Flora huyó con sus hijos, pero la ley no estaba de su parte, ya que una mujer casada no tenía autonomía jurídica, lo que la obligó a vivir durante años en una situación ambigua, perseguida legalmente por su marido. En septiembre de 1838, Chazal le disparó. Las fuentes de la época, así como la transcripción del juicio, no especifican el número de disparos ni dónde impactaron; se sabe que la herida le traería problemas de salud en el futuro y probablemente aceleró su muerte, que llegaría en 1844, apenas seis años después del ataque. Por su parte, Chazal fue condenado a veinte años de trabajos forzados, aunque el jurado conmutó de inmediato la pena concediendo circunstancias atenuantes; obtuvo liberación anticipada el 5 de marzo de 1856.

Años antes del ataque, en 1833, viajó al Perú para reclamar la herencia paterna ante su tío, el general Pío de Tristán. La relación con él fue compleja: según el relato de Flora, existió entre ambos una calidez genuina y Pío llegó a decirle «la quiero como a mi hija», pero su avaricia —que Flora describe con detalle en Peregrinaciones— terminó por imponerse. No le reconoció la herencia completa alegando la ilegitimidad de su nacimiento, aunque acordó enviarle una pensión anual de 2.500 francos. Sin embargo, cuando Flora publicó el libro en 1838 y las críticas a la sociedad peruana —y a la propia familia— se hicieron públicas, Pío le retiró esa pensión.

Ejemplares del libro fueron quemados en Arequipa y Lima. El viaje fue, en definitiva, una decepción económica, pero produjo algo más duradero: “Pérégrinations d’une paria” (1838), relato de ese viaje que es muchas cosas a la vez: crónica de viaje, autobiografía, denuncia social y análisis político. Describe la sociedad de Lima con una mirada que no es exactamente la del viajero europeo que exotiza lo que ve, sino la de alguien que intenta entender las estructuras que sostienen la desigualdad: la condición de las mujeres, la esclavitud, la Iglesia, la guerra.

En 1840 publicó “Promenades dans Londres”, resultado de varios viajes a Inglaterra donde observó de cerca la miseria industrial. Lo que describe no es la grandeza del Imperio sino sus márgenes: los barrios obreros, los prostíbulos, las workhouses —lugares donde quienes no tenían con qué subsistir podían ir a vivir y trabajar—. La mirada es la de alguien que ya tenía la tesis de que el capitalismo industrial produce sufrimiento sistemático, pero que se tomó el trabajo de documentarla.

Su obra más ambiciosa llegó en 1843: “L’Union ouvrière”. En ella propone la creación de una internacional obrera —la Unión Obrera— financiada por los propios trabajadores mediante cuotas, que permitiría construir «palacios de la Unión» donde atender a ancianos, enfermos y niños, y organizar la educación y la representación política de la clase obrera. El texto es previo al Manifiesto Comunista de Marx y Engels, y es notable que Marx, quien conocía su obra, no la citara. Paul Lafargue, su yerno, sí reconoció la influencia. Hay un silencio ahí que dice algo sobre cómo funciona la historia intelectual.

Lo que distingue a Tristán de otros socialistas utópicos de su época es que colocó la emancipación de las mujeres como condición necesaria —no complementaria— de la emancipación obrera. Su argumento era sencillo: si el obrero oprime a su mujer, así como el burgués lo oprime a él, mientras eso no cambie la clase obrera estará dividida contra sí misma. No pedía la liberación de la mujer como un ideal moral; lo presentaba como una necesidad estratégica del movimiento.

En 1844 emprendió un tour por Francia para difundir “L’Union ouvrière” directamente entre los trabajadores, ciudad por ciudad. Era un esfuerzo físico enorme para alguien que ya cargaba con la herida de Chazal en el cuerpo. Murió en Burdeos en noviembre de ese año, a los cuarenta y un años, antes de ver si su proyecto se afianzaba. Se sospecha que la Unión General de Trabajadores en España, fundada en 1888, adoptó un nombre inspirado en el suyo, aunque no hay evidencia documental que lo confirme.

Su nieto, Paul Gauguin, habló de ella con una mezcla de orgullo y condescendencia que resulta bastante reveladora. Gauguin también huyó hacia los márgenes del mundo —a la Polinesia— buscando algo que no encontraba en Europa. La diferencia es que él buscaba una libertad que en buena parte consistía en tener poder sobre otros. Flora buscaba lo contrario.

Quedan de ella los libros, las cartas, los diarios del último viaje. Una figura que no fue ni perfecta ni coherente en todo momento —tuvo sus propios prejuicios de clase y “raza” que asoman en algunos textos— pero que pensó con una tenacidad poco común sobre las conexiones entre distintas formas de dominación.

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