Por: Esteban Barquera
La trama causal [Fragmento]
E. B. — Cuanto más observo al hombre, más predecibles me parecen sus rebeldías; a menudo absorbidas por aquello mismo que creen combatir. Lo que llaman voluntad soberana no es más que ignorancia, una visión perpendicular de sus causas. Tal vez no exista algo tal como voluntad libre, sino únicamente relaciones cuya necesidad ignoramos. ¿Y si el sufrimiento proviniera precisamente de creernos libres?
H. S. — Señor mío, temo que vuestro entendimiento padece de una afición excesiva a la simetría. Deseáis que el hombre sea inteligible, clasificable, reducible a la prolija contabilidad de las causas; mas yo os digo que hay en él una inclinación más antigua y más obstinada que todas las razones juntas: el capricho. No hablo de esa libertad pulcra y académica que gusta a los filósofos de escritorio, sino de aquella otra, harapienta, febril y desaforada, que lleva a los hombres a quebrantar su conveniencia a sabiendas de que malbaratan su dicha con tal de no ser confundidos con un mecanismo.
¿Qué importan los beneficios, las utilidades o la armonía de los sistemas cuando el alma se siente inventariada? Antes querrá el hombre despeñarse por su propio pie que arribar al paraíso montado sobre la necesidad. Hay en nosotros una aversión casi voluptuosa hacia todo aquello que pretende explicarnos por entero. Y cuando la razón termina su discurso, cuando ha dispuesto cada cosa en su casillero correspondiente y cree haber clausurado el litigio, entonces comparece la voluntad para cometer alguna colosal impertinencia.
Por eso desconfío de cuantos aman demasiado la racionalidad. No porque vaguen y divaguen siempre. Bueno, quizá algo de eso haya. Pero sobre todo porque la racionalidad se sostiene en una falsa superioridad de acción y pertinencia. Quiere ser su majestad donde apenas es consejero. El hombre no necesita una verdad que lo justifique; necesita un rincón inexpugnable desde el cual poder contrariarla.
E. B. — El libre albedrío es una ficción y actúo como si los demás tuvieran algún tipo de elección; pero espero que el mundo me refute, porque el peso de la racionalidad agota y la libertad autodestructiva me resulta irritante. Más aún si el autodestructivo soy yo, efecto de los encuentros de múltiples relaciones, incapaz de hallar la causa de mi sensación de libertad. Soy consecuencia de la Trama Causal.
Y así confronté al hombre del subsuelo.
Hay libros que obligan a replantearte posturas o incluso a desmontar todo tu andamiaje ideológico. Quienes han vivido esa experiencia suelen incorporarlos de inmediato a sus obras favoritas, sin importar si el cambio fue parcial o total. Lo raro es encontrarse con varios de manera consecutiva, así que se los iré compartiendo para que los conozcan junto conmigo. El primero del que quiero platicar es «Memorias del subsuelo», de Fiódor Mijáilovich Dostoievski. El cuál, me impresionó la manera como logra plantear problemas filosóficos complejos con ironía; la experiencia fue tan intensa que me obligó a confrontar mis propias convicciones. No se dejen engañar por el tamaño del libro.
Publicada en 1864 —también traducida como «Notas del subsuelo»—, suele considerarse precursora de la literatura moderna. Dostoievski la escribió diez años después de salir del presidio en Siberia, en plena época de optimismo racionalista: el avance de las ciencias, la industrialización y las nuevas teorías sociales alimentaban la convicción de que la humanidad estaba cerca de comprender las leyes que gobiernan la conducta y, con ellas, de construir una sociedad más justa y eficiente. Él miraba esas promesas con sospecha ya que pensaba que reducir al ser humano a una entidad predecible era una simplificación peligrosa, y el libro es su respuesta.
El texto se divide en dos partes. En «El subsuelo», el narrador despliega una confesión filosófica que cuestiona la razón, el progreso y las explicaciones simplistas de la naturaleza humana. En «A propósito del aguanieve», episodios de su pasado muestran cómo esas ideas se encarnan en comportamientos concretos. El protagonista es lúcido, pero también mezquino y cruel: desprecia a los demás mientras ansía su aprobación; desea vínculos auténticos, pero destruye cualquier posibilidad de intimidad. Su exceso de conciencia lo paraliza, sustituye la acción por el discurso y convierte cada decisión en un laberinto interminable de indecisión.
Dostoievski intuye que el ser humano puede elegir conscientemente lo contrario de lo que le conviene, solo para afirmar su libertad. La libertad no consiste solo en escoger entre opciones razonables, sino también en equivocarse, actuar contra los propios intereses o incluso autodestruirse. El símbolo de esta crítica es el Palacio de Cristal, que para muchos representaba el triunfo del progreso, pero que Dostoievski veía como una prisión perfecta en un mundo sin contradicciones ni incertidumbres, donde la rebelión sería la única forma de preservar lo humano.
El resentimiento es el núcleo de la identidad del hombre del subsuelo. Cada situación que considera una ofensa alimenta su aislamiento y justifica sus fracasos, pero condena al hombre a necesitar reconocimiento. Se nota en su relación con los antiguos compañeros y con Liza, a quienes desprecia y humilla, pero de quienes anhela aceptación y afecto. Incapaz de sostener una intimidad genuina, vive encerrado en su conciencia, una prisión interior. Desde ahí contempla la vida a una distancia que lo protege del fracaso, pero a costa de una vida plena.
Según Dostoievski, el gran problema del hombre del subsuelo es haber perdido un lugar que las sociedades tradicionales daban por supuesto. La modernidad, con su crítica de las certezas religiosas y metafísicas, destruyó muchas de las coordenadas que permitían responder quién era el hombre y cuál era su posición en el mundo. El resultado no es necesariamente la libertad prometida por el progreso, sino una profunda desorientación.
Esto me hizo pensar en la famosa frase del templo de Apolo en Delfos: «Conócete a ti mismo». Hoy solemos entenderla como una invitación a explorar nuestra psicología o a afianzar nuestra personalidad; sin embargo, es probable que su sentido original apunta más a señalar cuál es tu lugar en el mundo, una especie de reconocimiento de quién eres, de cuáles son tus límites y, sobre todo, de cuál es la distancia que te separa de los dioses. Era una advertencia contra la «hybris», la desmesura de quien olvida su condición mortal; antes de preguntarnos qué somos, los griegos pedían recordar primero qué no somos.
Entonces la advertencia que hace el autor a través de su personaje es clara: el sujeto que se hunde en una autoconciencia infinita corre el riesgo de enfermar, pues pierde la capacidad de mirar hacia afuera y situarse dentro de un horizonte más amplio que él mismo. Paralizado en la acción, el narrador es desmedido en la opinión que tiene de sí: toma su lucidez como medida de todo y desde ahí desprecia a los demás. Esto, en mi lectura, es una forma de «hybris».
Dostoievski atribuía esa pérdida de lugar a la ausencia de dios, una conclusión que no comparto. El libro apenas la insinúa: es importante recordar que la censura de la época suprimió el pasaje donde la fe aparecía como salida, y en una carta a su hermano se lamentó de que quedaran las burlas del narrador sin el remedio que las acompañaba. Aun así, la crisis que describe ha acompañado al ser humano en distintos momentos de su historia, y las condiciones en que surge esa crisis importan: el protagonista vive de una herencia, con lo básico cubierto y tiempo de sobra, así que nada lo empuja a salir de sí.
Algo parecido ocurre hoy a escala social. Cuando las necesidades básicas están cubiertas, la supervivencia deja de ordenar la vida y la pregunta por el propósito queda al descubierto. Sin un lugar que se dé por supuesto, cada quien debe justificar el suyo, y a muchas personas esa tarea las hace sentir pequeñas, abrumadas y ansiosas. Por eso se ha dicho que vivimos en la época de la incertidumbre, una en la que la pregunta por la disposición a cumplir con el deber quedó atrás: ya ni se piensa cuál es ese deber, y mucho menos en darle un fundamento.
Sin embargo, la respuesta de Dostoievski no es la única posible, pues haber perdido un lugar previamente asignado no condena al hombre a la desesperanza. Aquí entra Albert Camus, el siguiente en esta serie; aunque le dedicaré su propio texto, adelanto que su obra me permitió dar un giro a esta cuestión. Camus parte de la idea de que el universo nunca ha tenido la obligación de proporcionar sentido alguno. En esa lectura nadie fue expulsado de un orden: el universo siempre fue indiferente a nosotros y lo que cambió fue que lo notamos.
Este choque entre la necesidad humana de encontrar significado y la falta de respuesta del mundo es lo que Camus llama el absurdo. Donde Dostoievski veía una pérdida, Camus ve una posibilidad; allí donde uno busca recuperar un fundamento, el otro propone aprender a vivir sin él.
