Por: Esteban Barquera, desde el desierto…
Intolerable vivir rodeado de representaciones, de signos vaciados de sentido y de un aura privada de toda aura. Nietzsche intentó advertirnos: «¡Ay de quien dentro de sí cobije desiertos!». Hoy le contestaría: «¡Ay de quien dentro de sí cobije desiertos y los glorifique!»

La recuperación contemporánea de la palabra aura por parte de las generaciones más jóvenes constituye uno de los síntomas culturales más peculiares y reveladores de la era digital. En plataformas como TikTok o Instagram se ha vuelto cotidiano hablar de «tener», «perder» o «farmear» aura al ejecutar ciertos gestos, posturas o movimientos ante un grupo de personas que documenta todo lo que sucede a su alrededor, con la esperanza de captar el siguiente momento viral. Sin embargo, esta utilización del término no responde a una intuición auténtica de lo sagrado o lo irrepetible (ámbito en el que me centraré, delimitado por la filosofía, la estética y los estudios religiosos); más bien, forma una paradoja que invoca el aura bajo la ausencia absoluta de sus condiciones materiales de posibilidad.
Para Walter Benjamin, el aura residía en la singularidad de una presencia: la manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda estar. Una obra o un acontecimiento poseían aura porque estaban atados a un espacio y un tiempo irreductibles, a una trama histórica y ritualística que la reproducción técnica no podía disolver.
La fotografía y el cine erosionaron esa distancia al convertir la imagen en algo infinitamente disponible. Aunque para él esa pérdida llamada desauratización tenía también un reverso emancipador —el fin del culto, la posibilidad de un arte democratizado, liberado de su función ritual—, lo que a continuación leerán estará más centrado en la lectura melancólica que constituye mi diagnóstico sobre este fenómeno.
Hoy, en la era del consumo digital masivo, la reproducción ha dejado de ser meramente técnica para volverse estrictamente social. El individuo ya no solo consume reproducciones; se reproduce a sí mismo como contenido. Se imitan gestos, inflexiones de voz, afectos y muecas para encajar en el algoritmo, que cumple el rol de molde y escaparate a la vez, para hacer del sujeto mismo una copia puesta en circulación.
El «aura» que hoy se festeja en redes sociales no nombra una singularidad radical, sino una apariencia de singularidad construida a partir de signos previamente codificados. El sujeto con aura es aquel que ejecuta con exactitud un conjunto de códigos estéticos y comportamientos reconocibles. Lo que la masa premia no es la originalidad, sino la habilidad para encarnar eficazmente un formato viral. Cabría, sin embargo, otra lectura de esta misma práctica: para quien no dispone de capital simbólico tradicional, «farmear aura» es también una estrategia de supervivencia dentro de un mercado de la atención que no ofrece otra alternativa o, por lo menos, esa es la sensación que podrían percebir; ya sea porque se dieron por vencidos o porque los convencieron de que el sistema, aun con sus problemas, es el mejor de los mundos posibles.
A este escenario se suma el fenómeno del brainrot: el deterioro cognitivo y estético derivado del consumo incesante de fragmentos absurdos, autorreferenciales y descontextualizados. Humor disparatado, fragmentos de audio repetidos hasta el hastío, memes generados por inteligencia artificial y tendencias efímeras constituyen algunos de los elementos sobre los que se construye cada vez más la identidad contemporánea.
Nietzsche podría describir esta situación como una manifestación renovada del nihilismo; la época en la que los valores supremos se desvalorizan, no porque carezcamos de signos, sino porque vivimos inmersos en una sobreabundancia de signos cuyo significado se vuelve cada vez más inestable y efímero. La abundancia de signos no garantiza la presencia de sentido; por el contrario, puede disolver las jerarquías de valor que permiten orientarlos. Entonces se podría decir que el aura digital es una forma nihilista de aura que conserva el nombre de una presencia singular, pero habita en la vacuidad de la réplica.
Esta dinámica encaja con precisión en las tesis sobre el realismo capitalista de Mark Fisher. Atrapada en un circuito de repetición permanente, la cultura contemporánea ha perdido la capacidad de generar formas estéticas genuinamente nuevas; la innovación ha sido reemplazada por la recombinación de restos culturales. El brainrot es la manifestación extrema de este bucle: un meme nace de otro meme, una referencia remite a otra referencia, y la nostalgia por lo real se canaliza a través de formatos estandarizados. Cuanto más homogénea se vuelve la producción de la subjetividad, mayor es la obsesión por identificar resquicios de singularidad.
La ironía del «farmeo de aura» es que el aura ha pasado de ser una experiencia inalienable a una mercancía simbólica cuantificable en métricas virtuales: reproducciones, me gusta y, sobre todo, la cantidad de veces que un gesto es replicado por otros. Asistimos a una inversión histórica: aquello que antes nombraba una presencia viva e incalculable hoy no representa el retorno de la singularidad, sino la confirmación de su pérdida. La generación del brainrot produce simulacros de aura para habitar un mundo en el que todo puede ser copiado, repetido y compartido infinitamente o hasta que el algoritmo diga lo contrario. Ya estamos tan inmersos en el desierto que organizamos espectáculos que celebran su expansión y a eso le llamamos cultura.