La cuota de sufrimiento y el sueño lúcido como commodity

Por: Esteban Barquera Co-Fundador Templo de Satán

“La función de esta nueva economía, tanto la legal como la ilegal, es entretener y distraer a una población que, aunque esté ahora más ocupada que nunca, tiene la secreta sospecha de que sus esfuerzos no sirven para nada.” _John Gray

Generalmente, ninguna innovación tecnológica me asusta; es más, me podría describir como una persona entusiasta de la tecnología, hasta que vi un dispositivo llamado “Halo” que tiene la finalidad de estimular sueños lúcidos. Este dispositivo neuronal no invasivo, con forma de diadema, que a primera vista es inocuo e incluso divertido de utilizar, considero que esconde algunas posibilidades que no serán tan inofensivas. 

Para quien no sepa, o no haya tenido sueños lúcidos, como su nombre lo indica: es el tipo de sueño en el que estamos conscientes y debido a ello, la gran mayoría de las veces podemos controlar lo que pasa en ellos. Esto suele pasar espontáneamente, pero también hay ejercicios que te pueden permitir estimularlos para que pasen más seguido o te sea más fácil entrar en ese estado. Tenerlos tiene varias ventajas, además de que cosas interesantes pasan durante estos tipos de sueño. Para comenzar, puedes explorar tus emociones de una manera distinta, es más fácil encontrar solución a problemas e incluso te facilita el tener ideas creativas, pero, como es de esperarse, también tiene algunas cuestiones adversas. La primera y más obvia es que, para entrar en el estado de sueño lúcido, requieres interrumpir o modificar tu ciclo del sueño, lo que generará fatiga y en casos extremos puede causar hasta alucinaciones. 

Hasta aquí creo yo, que los pros y los contras son controlables y aunque si bien, si puede incluso ser una manera más de escapar de la realidad ya tenemos muchas cosas para ese fin, así que en este sentido pasaría a ser una más del montón; lo que realmente me preocupa es lo que los oligarcas tecnológicos, tecnócratas, tecno-faraones o tecno señores feudales; como les gusten decir, pueden hacer con este tipo de tecnología. Ya que cada vez son más poderosos y sus empresas y productos se han insertado en cada momento de nuestras vidas y es probable que en muy poco tiempo incluso en nuestros sueños. 

Al parecer el último bastión de lo más íntimo y privado que nos quedaba ya está en mira para ser conquistado, para ser utilizado como el nuevo escaparate de ventas e incluso la mina del producto que en la actualidad tiene el mayor valor, la información. 

Herbert Marcuse, en su obra «El hombre unidimensional», critica el capitalismo por su capacidad para absorber y neutralizar cualquier forma de oposición. Además de que no solo explota a los trabajadores, sino que también manipula sus necesidades y deseos a través de la cultura de consumo y la tecnología. Este sistema crea una falsa conciencia en la que los individuos se conforman con una vida de comodidad material, perdiendo así su capacidad crítica y su potencial revolucionario. 

Marcuse argumenta que la tecnología, bajo el capitalismo, no libera a las personas, sino que las somete a nuevas formas de control y dominación. La sociedad industrial avanzada utiliza la tecnología para mantener su hegemonía, perpetuando la opresión y la alienación. Esto ha llevado a una forma de racionalidad tecnológica que no solo domina la naturaleza, sino también a los seres humanos. Esta racionalidad se manifiesta en la creación de necesidades falsas y en la conformidad social. De esta manera vamos perdiendo autonomía, ya que las opciones disponibles son predefinidas por el sistema tecnológico y económico imperante. Así, la tecnología limita las alternativas genuinamente libres, incrementando la cuota de sufrimiento al reducir la capacidad crítica y autónoma del individuo. Este conformismo sofocante más la promesa de progreso, se ha transformado en un mecanismo de control, bajo la apariencia de mejorar la vida, pero en realidad es la manera de que el sufrimiento siga siendo una constante en la vida del ciudadano común. 

Yanis Varoufakis, en su libro «Technofeudalism: What Killed Capitalism», describe una evolución del capitalismo hacia un sistema que él llama «tecno-feudalismo». En donde las grandes corporaciones tecnológicas han reemplazado los pilares tradicionales del capitalismo, como los mercados y las ganancias, con plataformas y rentas. Estas corporaciones actúan como señores feudales modernos, controlando vastos recursos digitales y creando una relación de dependencia con los usuarios. 

Varoufakis sostiene que el «tecno-feudalismo» representa una forma más concentrada y explotadora de poder, donde las plataformas digitales extraen valor de cada interacción en línea. Este nuevo sistema no solo amenaza la democracia y la libertad individual, sino que también exacerba las desigualdades económicas y sociales. A diferencia del capitalismo industrial criticado por Marcuse, el «tecno-feudalismo» se caracteriza por la privatización del internet y la creación de feudos digitales que concentran el poder en manos de unas pocas corporaciones. 

Esto quiere decir que el capitalismo ha evolucionado hacia una nueva forma de dominación, en donde las grandes corporaciones tecnológicas no solo controlan los mercados, sino también los datos personales y las decisiones de los individuos. Ya que gracias a los algoritmos que manipulan las preferencias y comportamientos de los usuarios, ahora pueden tener todo perfectamente segmentado, ya que conocen cada aspecto de nosotros, podría decir que nos conocen mejor que nosotros mismos. 

Ya Byung-Chul Han, en «Infocracia», analiza cómo la sobreabundancia de información y la hiperconectividad afectan la capacidad de tomar decisiones debido a la sobreexposición de información, pero sobre todo al poco tiempo que se nos da para digerir dicha información. Vivimos en una «infocracia» donde la información es poder, y la sobrecarga informativa lleva al agotamiento de la atención. Poniéndonos en el estado propicio para estar más receptivos al control que buscan ejercer sobre nosotros, reduciendo la capacidad de los individuos para procesar información de manera crítica y reflexiva, incrementando el sufrimiento al generar una constante sensación de ansiedad y estrés. Lo que lleva a la gente a tomar decisiones de manera apresurada, generalmente imitando a su círculo más cercano o a personas que admire, respete o envidie, pero que en algún momento resulta en una parálisis por análisis, donde la abundancia de opciones y la falta de claridad impiden elecciones autónomas; la polarización y el odio son ahora los mejores amigos y la tecnología lo que mantiene en marcha la maquinaria funcionando. 

Por el momento es curioso que algo que menospreciamos tanto como la ética sea lo que se ha encargado de frenar un poco el avance de las tecnológicas, al ser la última línea de defensa contra el ejercicio descontrolado de poder que la tecnología puede representar. La inteligencia artificial, la clonación y otras innovaciones tecnológicas tienen el potencial de transformar radicalmente la sociedad, pero también plantean desafíos éticos significativos. Sin un marco ético robusto, estas tecnologías podrían utilizarse para perpetuar la desigualdad, la explotación y el sufrimiento humano en una escala sin precedentes. 

El filósofo alemán Hans Jonas, en su obra «El Principio de Responsabilidad», argumenta que la ética debe anticipar y prevenir los posibles daños que la tecnología puede causar. Esta responsabilidad no recae únicamente en los científicos y desarrolladores, sino en toda la sociedad. La ética proporciona las directrices necesarias para asegurar que el desarrollo tecnológico se alinee con los valores humanos fundamentales, como la dignidad, la justicia y la equidad. Pero entonces veo que todas las personas tiene los ojos pegados al teléfono, totalmente inmersos en cosas superfluas, y que cada vez se sienten más ajenos a los temas profundos o cruciales de la sociedad, incluso podría decir que buscan solo estar encerrados en ellos mismos, en sus deseos y necesidades personales, el capitalismo los metió en un cuarto de espejos y se sienten muy bien ahí dentro, aunado a que nuestra información está en manos de unos pocos que solo la utilizan para mantener el poder y hacerse más dinero con el sufrimiento de manera sínicas, ya ni siquiera buscan ocultar su maldad, porque sus seguidores justifican todo, esto es cada vez más a todas luces una teocracia, en donde el súbdito aspira a que el poderoso lo reconozca como valioso o mínimo como útil, las personas están ya en un sueño lúcido, y veo difícil que despierten. Hemos pasamos el punto de no retorno; así que no estoy asustado, estoy aterrorizado. 

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