Por: Esteban Barquera cofundador Templo de Satán
Carta de Nietzsche sobre Spinoza (a Franz Overbeck)
“Sils María, 30 de julio de 1881
¡Estoy asombrado y encantado! Tengo un precursor. ¡Y de qué género! No conocía casi a Spinoza y el que ahora me entrasen deseos de leerlo ha sido algo realmente instintivo. He hallado que no sólo su general tendencia es igual a la mía —hacer del conocimiento la pasión más poderosa—, sino también que coincido con él en cinco puntos esenciales de su doctrina, en los cuales aquel original y solitario pensador se acerca a mí grandemente, y que son: la negación del libre arbitrio, de la intención, del orden moral universal, de lo inegoísta y de lo malo. Aunque es cierto que la diferencia entre nosotros es enorme, ella depende, más que de nada, de la diversidad en época, cultura y ciencia. En suma: mi soledad que, como la altura en las elevadas montañas, me cortaba a veces la respiración, ha encontrado ahora un compañero. Es maravilloso.”
Esta es la Segunda Parte de – La voluntad como algoritmo afectivo
“¡Y vosotros mismos sois esta voluntad de poder y nada más!” (Nietzsche)

Para comprender mejor la ruptura que implica concebir la voluntad como potencia inmanente del cuerpo, es necesario revisar cómo ha sido pensada en la tradición filosófica occidental. Este recorrido nos permite identificar los momentos clave en los que la voluntad fue entendida desde una separación de la mente del cuerpo, subordinada a la razón o al alma, y transformada en una facultad trascendente.
En la filosofía griega antigua, la voluntad no se concebía inicialmente como una instancia separada del alma. Platón, con su doctrina netamente intelectualista sobre el alma y el eros, no contempla una facultad volitiva autónoma. Para él, las elecciones humanas son responsabilidad individual y dependen de la propia alma racional, que debe gobernar los apetitos y las pasiones. Sin embargo, fue Aristóteles quien realizó una aportación decisiva al analizar conceptos como órexis (deseo), boúlesis (deseo racional) y proaíresis (elección deliberada), siendo considerado el precursor de la voluntad en la filosofía griega. En su pensamiento, la voluntad se articula como una forma de deseo racional, inseparable del logos, lo que ya prefigura su futura subordinación a la razón.
Los estoicos continuaron este desarrollo con los conceptos de synkatáthesis (asentimiento) y proaíresis, buscando compatibilizar el determinismo causal con la responsabilidad moral mediante una “libertad interior”. Esta concepción fue transmitida al mundo romano por figuras como Cicerón y, más tarde, absorbida por los Padres de la Iglesia. San Agustín de Hipona es considerado por muchos como el primer filósofo de la voluntad, al concebirla como una de las tres potencias del alma humana. La define como un “movimiento del espíritu, en ausencia de coacción, para no perder algo o para conseguirlo”. En su pensamiento aparece la noción de ambivalencia volitiva: la voluntad dividida entre el bien que se desea y el mal que se comete. Para Agustín, solo el amor —radicado en la voluntad— puede restaurar esa unidad perdida. En La Ciudad de Dios, afirma: “si algo es necesario, no es voluntario”, lo que implica que la necesidad excluye la libertad, y por tanto, la voluntad auténtica.
En la patrística greco-oriental, Máximo el Confesor y Juan Damasceno desarrollaron una doctrina dual de la voluntad, distinguiendo entre una voluntad “natural”, inclinada al bien, y una voluntad “afectiva”, deliberativa y electiva. Esta distinción fue retomada por Tomás de Aquino en la Suma teológica (cuestión 19), donde diferencia entre voluntas ut natura (tendencia necesaria al bien) y voluntas ut ratio (voluntad deliberativa, raíz del libre albedrío). Para Tomás, “la voluntad quiere que el entendimiento conozca, y por lo mismo, el bien está contenido en lo verdadero en cuanto es conocido, y lo verdadero está contenido en el bien en cuanto es deseado”. Aquí la voluntad se convierte en una facultad racional que debe orientarse hacia el bien universal, reforzando una profunda separación y ruptura entre deseo y razón.
El racionalismo moderno relegó la voluntad a un segundo plano, pero fue Kant quien la recuperó al identificarla con la razón práctica. Para él, la voluntad humana no debe guiarse por inclinaciones o deseos, sino por principios racionales que la razón establece como leyes morales. Una voluntad buena es aquella que actúa por deber, conforme al imperativo categórico. Así, la moralidad se funda en la autonomía de la razón que legisla para sí misma, haciendo de la acción moral una expresión de libertad racional.
Para entender esta filosofía, es necesario distinguir entre las dos funciones de la razón en Kant: la razón teórica, que se ocupa del conocimiento del mundo natural, y la razón práctica, que guía la acción moral. Mientras la primera se orienta al saber, la segunda se orienta al obrar. Pero en ambos casos, el cuerpo queda subordinado: en la razón teórica, como objeto de conocimiento; en la práctica, como vehículo de una ley moral que lo trasciende.
Desde una perspectiva crítica, estas concepciones —especialmente la cristiana y la kantiana— suponen una escisión entre cuerpo y razón, entre deseo y deber, que definitivamente rechazo. La voluntad no es obediencia a una ley moral ni orientación hacia un bien trascendente, sino afirmación de la potencia del cuerpo en su singularidad. Incluso el psicoanálisis, al concebir la voluntad como efecto de pulsiones inconscientes o como síntoma de conflictos reprimidos, mantiene una estructura dualista que separa el sujeto de su cuerpo.
En cambio, mi propuesta afirma que no hay voluntad fuera del cuerpo, ni deseo que no sea ya una forma de conocimiento encarnado. La voluntad es una experiencia corporal compuesta por entendimiento, deseo y libertad, enraizada en la necesidad y no en el libre albedrío, que podemos encontrar afinidad en dos pensadores fundamentales: Spinoza y Nietzsche. Cada uno, desde su propia filosofía, contribuyen a desmontar las concepciones dualistas, voluntaristas o trascendentes que han dominado la historia del pensamiento occidental.
Spinoza: la Existencia es Potencia de Actuar
Spinoza sostiene que la voluntad y el entendimiento son una y la misma cosa. Esta afirmación rompe con la tradición cartesiana que separa la facultad volitiva del intelecto, y se alinea con una filosofía monista donde el cuerpo y la mente son expresiones paralelas de una única sustancia. En este marco, no hay primacía del alma sobre el cuerpo, sino una afirmación de que el cuerpo posee capacidades que la mente ignora: “nadie sabe lo que puede un cuerpo”.
También rechaza la idea de la voluntad como causa libre. Toda volición está determinada por otra causa, y así hasta el infinito. Incluso dios no actúa por libre voluntad, sino por necesidad. La libertad, entonces, no es la capacidad de elegir arbitrariamente, sino la autodeterminación por la necesidad interna de nuestra naturaleza. Esta libertad necesaria, se alcanza mediante el conocimiento de las causas, especialmente a través del conocimiento intuitivo, que “conduce al amor intelectual a dios” y a la aceptación gozosa del orden inmanente.
Aquí tengo que explicar la terminología de Spinoza: cuando él habla de amor, no se refiere a un amor emocional o devocional, sino a una forma de conocimiento activo y gozoso que surge cuando el individuo comprende la necesidad del orden natural y su lugar en él. Por lo tanto, el intelecto: es un amor que nace del conocimiento, no de la fe ni de la voluntad. Es el resultado del conatus (esfuerzo por perseverar en el ser) cuando alcanza su forma más elevada, – el conocimiento intuitivo de dios -.
Spinoza le dedica muchísimas páginas a explicar en su filosofía qué es dios, no pretendo dejarlo claro en este texto, pero para comenzar a entender el concepto, podríamos decir que dios no es un ser personal, sino la sustancia única, la naturaleza misma (Deus sive Natura). Amar a dios intelectualmente es, por tanto, amar la totalidad del ser, comprender que todo lo que ocurre lo hace por necesidad, y que nuestra libertad consiste en aceptar esa necesidad desde el entendimiento.
El deseo — cupiditas — es la esencia misma del hombre. Es la conciencia del “conatus”, el esfuerzo por perseverar en el ser. Así que no se distingue entre deseo y apetito: ambos son fuerzas que impulsan al cuerpo. Esta ética es una filosofía de la alegría, donde la virtud consiste en aumentar la potencia de existir. Las cosas no son buenas porque las deseamos; las deseamos porque las juzgamos buenas. Esta inversión causal reafirma que el deseo no es capricho, sino expresión racional de la potencia del cuerpo. Esta concepción spinoziana de la voluntad como afirmación necesaria del cuerpo, donde el deseo es expresión racional y la libertad es autodeterminación, nos permite establecer una base ontológica que rompe con las tradiciones trascendentes.
Sin embargo, para comprender la dimensión intensiva, crítica y genealógica de esta propuesta, es necesario acudir a Nietzsche. Ambos coinciden en rechazar el libre albedrío y en afirmar la potencia del cuerpo, pero lo hacen desde posturas críticas distintas: una racional, la otra vital. En esa diferencia se juega la riqueza de una voluntad que no se somete, sino que se intensifica.
Nietzsche: la Voluntad es la Transvaloración de Todos los Valores
Es importante mencionar que resultado de mi análisis e investigación de este tema, puedo afirmar con toda certeza que la voluntad de poder desarrollada en la antología “La Voluntad de Poder” (compilado por Elisabeth Förster-Nietzsche y Peter Gast), no es la misma de la que nos habla Nietzsche en el resto de sus obras y que lejos de representar una síntesis fiel del pensamiento nietzscheano, proyecta una metafísica del poder que contradice el espíritu genealógico, crítico y materialista que Nietzsche desarrolla en sus textos publicados, especialmente en El Anticristo.
Nietzsche concibe la voluntad como una fuerza afirmativa que se opone a la resignación pasiva del hombre moderno. Esta voluntad no se refiere a la dominación política o física en sentido tradicional, sino a la expansión intensiva de la fuerza vital que atraviesa el cuerpo, el pensamiento y la cultura. Todo lo vivo expresa voluntad de poder, y esta se manifiesta en la creación de valores, en la transvaloración de los valores heredados, y en la afirmación de la diferencia.
A su vez, critica la voluntad de vivir de Schopenhauer, considerándola una forma de conservación pasiva, incompleta o subordinada a la voluntad de poder, la cual no busca simplemente sobrevivir, sino intensificar, transformar y afirmar la vida en sus múltiples formas. El pensamiento, para Nietzsche, es corporal: se piensa con el cuerpo, desde el cuerpo y hacia el cuerpo. La conciencia no es causa, sino síntoma; es un producto derivado de fuerzas más profundas, afectivas y fisiológicas. Incluso la voluntad de verdad tiene raíces en los afectos, en los impulsos, en las necesidades del cuerpo.
Su doctrina perspectivista de los afectos sustituye la metafísica del conocimiento por una genealogía del deseo y del valor. La voluntad de poder se sustenta en impulsos vitales que no se reducen al biologicismo, sino que se expresan simbólicamente en cada cultura, en cada forma de vida. La moral, el entendimiento, la identidad personal: todo es herramienta del cuerpo, expresión de fuerzas en conflicto. Su filosofía es una apología del cuerpo y una crítica radical a la voluntad de mortificación que ha dominado la historia humana bajo el signo del cristianismo, la metafísica y la moral del resentimiento.
A lo largo de este ensayo, he propuesto una concepción de la voluntad que se aparta radicalmente de las tradiciones dualistas, trascendentes y normativas que han dominado la historia del pensamiento occidental. La voluntad no es una facultad abstracta ni una elección arbitraria entre posibilidades dadas, sino una expresión concreta de la potencia del cuerpo en su relación con el mundo. Compuesta por entendimiento, deseo y libertad, esta voluntad se afirma en la necesidad, no en el libre albedrío; en la ética inmanente, no en la moral del deber; en el devenir afectivo, no en la obediencia racional.
Este texto busca ser una filosofía afirmativa en la que entiende el cuerpo como sede de sentido, acción y resistencia. La voluntad, entonces, no es el dominio de un yo sobre sí mismo, sino el gesto por el cual un cuerpo se reconoce, se orienta y se transforma sin someterse a fuerzas externas que lo niegan. En tiempos donde la compulsión estructural y la alienación corporal parecen haber sustituido la voluntad por automatismos, busco recuperar una ética del cuerpo que no se adapta, sino que se afirma. No hay voluntad sin afecto, sin deseo, sin libertad encarnada. La voluntad, lejos de ser una ilusión metafísica, es la forma más concreta de existir.
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