Los límites de la empatía: Actos humanos — Han Kang

Evolucionamos para sobrevivir; recordamos para ser

Por: Esteban Barquera

[…] puesto que mi ofensor, al darme la bofetada, quizá solo cumpliera con las leyes de la naturaleza, y las leyes de la naturaleza no se pueden perdonar, ni olvidar, porque, aun siendo leyes de la naturaleza, no son por ello menos ofensivas. _Dostoyevski

Si la empatía encuentra límites naturales en la estructura biológica del ser humano, la memoria constituye el mecanismo cultural mediante el cual esos límites son parcialmente superados. La culpa emerge entonces como la experiencia subjetiva de esa expansión…

No suelo retomar autores que no me gustan de primera, salvo para consultar tópicos específicos. Desde mi primera lectura de La vegetariana de Han Kang, no me disgustó del todo; solo no encontraba en ella lo que muchos describían generalmente con adjetivos y elogios hiperbólicos. Pero por azares del algoritmo, llegó a mí el discurso que dio al recibir el Nobel, que fue simplemente maravilloso. Entonces decidí tomar otro libro de su obra, el que para muchos es el mejor: Actos humanos. Como solo he leído dos de sus textos no podría afirmar que es el mejor, pero si algo lo supera, definitivamente quiero leerlo.

El libro es impresionante y bello de principio a fin, una de las mejores narrativas que he leído; cada frase, cada diálogo, cada descripción golpea el pecho en forma de una extraña mezcla de ira, tristeza y decepción por la humanidad. Aun así, no pude detener la lectura en ningún momento.

Esta novela toma como eje uno de los episodios más traumáticos de la historia contemporánea de Corea del Sur: el Levantamiento de Gwangju de mayo de 1980. Reconstruyendo literariamente las consecuencias humanas, físicas y emocionales de la brutal represión ejercida por el régimen militar de Chun Doo-hwan contra estudiantes, trabajadores y ciudadanos que exigían democracia.

Este proceso se originó en el desequilibrio social y político provocado por el asesinato del presidente Park Chung-hee en 1979. Chun Doo-hwan consolidó un gobierno autoritario mediante la ley marcial y, en mayo de 1980, Gwangju se convirtió en el epicentro de un movimiento popular de resistencia. Las protestas fueron reprimidas violentamente por el ejército; mientras las cifras oficiales hablan de cientos de muertos, desaparecidos y heridos, diversas estimaciones externas al gobierno elevan la cifra a miles. La magnitud real de la masacre fue encubierta durante años, lo que evitó que se pudieran conocer las cifras reales.

La novela comienza con Dong-ho, un adolescente que busca el cuerpo de un amigo entre los cadáveres acumulados tras la represión. A partir de esa experiencia inicial, Han Kang despliega una narración coral que atraviesa víctimas, sobrevivientes, familiares, activistas y testigos que cargan durante décadas con las heridas del acontecimiento. La novela examina cómo la violencia política persiste en la memoria individual y colectiva mucho después de los acontecimientos. El lenguaje que utiliza durante toda la novela es seco y sin eufemismos, dejando en claro lo violento de los actos que se nos narran, lo que intensifica el impacto emocional.

Más que una novela histórica convencional, Actos humanos es una reflexión sobre la capacidad humana de resistirse al olvido y la importancia de esta resistencia. También se exploran temas como la violencia, el trauma, la culpa, y el duelo; mostrando cómo los actos de brutalidad conviven con gestos de solidaridad extrema.

La novela es inquietante desde el primer momento. Incluso en los capítulos donde los sobrevivientes continúan con sus vidas, la violencia vivida nunca desaparece; permanece como una presencia que se mantendrá por generaciones en forma de recuerdos, pesadillas, culpas y preguntas sin respuesta. Han Kang parece preguntarse de qué manera los muertos continúan habitando el mundo de los vivos sin recurrir a una explicación metafísica, prefiriendo centrarse en el vínculo que se forma por la violencia institucional.

Mientras leía los actos atroces y los bondadosos, me surgió una pregunta: ¿cuál es el límite de la empatía humana?

Nuestra capacidad de compartir el sufrimiento ajeno no puede ser infinita. Resulta difícil imaginar que un organismo pudiera asumir como propio el dolor de todos los seres humanos sin terminar exhausto o psíquicamente sobrecargado. El cuerpo y la psique necesitan establecer distancias, olvidar, atenuar las emociones, dejar atrás parte de lo experimentado; de otro modo la existencia se volvería una carga insoportable. Bajo este razonamiento, el olvido, la indiferencia parcial e incluso cierta insensibilidad no son solo defectos morales.

Muchas conductas cooperativas pueden entenderse como resultado de procesos de selección natural. La empatía no es una fuerza abstracta e ilimitada orientada hacia toda la humanidad, sino una capacidad desarrollada en contextos concretos de supervivencia. Evolucionamos para responder con mayor intensidad a quienes forman parte de nuestro entorno inmediato, porque ahí se encontraban históricamente los vínculos de los que dependía nuestra existencia. Que la empatía tenga un origen evolutivo no implica que quede confinada a ese origen.

Actos humanos se desarrolla precisamente allí donde esos mecanismos parecen insuficientes. Los personajes no logran desprenderse de quienes murieron; continúan cargando con ellos mucho después de que las condiciones inmediatas de peligro han desaparecido. Si la empatía estuviera limitada únicamente por sus funciones biológicas originales, esos vínculos deberían debilitarse con el tiempo. Sin embargo, la novela muestra lo contrario: el sufrimiento ajeno permanece activo en la conciencia de los supervivientes.

Ahí emerge la culpa, no como consecuencia de una acción cometida ni como reconocimiento de una falta personal, sino como la experiencia de seguir ligado a un dolor cuya intensidad ni el tiempo ha podido atenuar. El sufrimiento del otro continúa reclamando un lugar dentro de nosotros incluso después de que la razón intenta relegarlo al pasado. Surge entonces una tensión entre la necesidad biológica de olvidar para continuar viviendo y la necesidad ética de recordar para no abandonar a los muertos. Cuando se te presenta esta ficción en la novela te das cuenta que también puede leerse como una reflexión ontológica sobre aquello que nos hace humanos.

La existencia humana nunca es completamente individual. Vivimos entrelazados en una red de relaciones que excede nuestras decisiones conscientes. Las comunidades transmiten recuerdos, rituales y experiencias porque estos pueden contribuir a la cohesión social y a la preservación del grupo. Desde esta perspectiva, la memoria no sería una excepción a la biología, sino una de sus expresiones culturales. Sin embargo, Actos humanos parece apuntar hacia algo que excede esa explicación. La persistencia de los muertos en la conciencia de los supervivientes no aparece como un mecanismo inmediatamente útil, sino como una exigencia que continúa operando incluso cuando produce sufrimiento y se nos va haciendo consciente su ausencia. La empatía, así, deja de ser solamente una respuesta emocional y comienza a transformarse en responsabilidad.

La mayoría de los personajes de Han Kang no son responsables de la masacre. No ordenaron los asesinatos, no empuñaron las armas, no diseñaron el aparato represivo y, aun así, permanecen atravesados por una culpa persistente. Algunos se reprochan haber sobrevivido, no haber hecho más o no saber si las decisiones que tomaron fueron las correctas. La tragedia se convierte en una deuda imposible de saldar.

Pero si el sufrimiento dependiera exclusivamente de la memoria individual, la mayor parte de las tragedias desaparecería junto con quienes las experimentaron. Cada generación comenzaría de nuevo, desligada de los dolores de las anteriores, y los muertos quedarían reducidos a una acumulación de ausencias progresivamente olvidadas. Frente a esa posibilidad la memoria histórica se va configurando.

En muchas narraciones históricas la cuestión central suele ser identificar a los victimarios, reconstruir los hechos y establecer responsabilidades. Han Kang no ignora estos aspectos, pero dirige la mirada hacia otro lugar; porque lo que le interesa no es solo quién mató, sino qué ocurre con quienes deben continuar viviendo después de la matanza y que activamente buscan dar voz a quienes ya no pueden hablar por sí mismos. Mantener vivos a los muertos implica aceptar que el pasado seguirá interviniendo en el presente.

Donde la experiencia individual ya no alcanza, la comunidad construye mecanismos para preservar lo que considera digno de ser recordado. Monumentos, testimonios, archivos, rituales, fotografías, aniversarios y obras literarias operan como dispositivos que impiden que ciertas vidas sean absorbidas por el olvido. Más que simples registros del pasado, estos dispositivos impiden que la violencia continúe consumándose mediante el olvido. La memoria es siempre un campo de disputa que si solo se permite contar la versión del ganador es excluirnos o negarnos a utilizarla como una práctica política.

Entre esos dispositivos de memoria, la literatura ocupa un lugar particular, pues no solo conserva información sobre los acontecimientos, sino que permite volver a experimentar su dimensión humana. Han Kang nos introduce precisamente en ese ejercicio, en esa lucha contra el olvido. La novela no solo relata los acontecimientos de Gwangju; los reinscribe en el presente, recupera voces y experiencias que una narrativa oficial podría haber reducido a cifras y les devuelve su dimensión humana.

En la novela, quienes ya han muerto suelen conservar su nombre. Muchos de los supervivientes, en cambio, aparecen identificados por su oficio, su edad o su relación con otros personajes. La decisión invierte una convención narrativa habitual: normalmente son los vivos quienes poseen identidad plena, mientras las víctimas colectivas terminan diluidas en la burocracia de la tragedia. Así que transitamos desde historias individuales hacia una experiencia colectiva del sufrimiento. La tragedia deja de ser la suma de destinos particulares para convertirse en una realidad que afecta a una comunidad entera.

Toda la novela parece desplazarse gradualmente hacia el superviviente, no porque sea el protagonista de los acontecimientos, sino porque es quien debe continuar viviendo con ellos. Sus personajes no experimentan la supervivencia como una victoria ni como una restauración de la normalidad: sobrevivir implica asumir una carga, convertirse en un inframundo donde los muertos pueden seguir existiendo.

Esto permite comprender la dimensión ontológica de la novela. Han Kang no se limita a mostrar cómo un acontecimiento traumático afecta la psicología de ciertos personajes; explora una modificación más profunda de la existencia. Después de la violencia los personajes ya no se relacionan con el mundo de la misma manera. El tiempo, los cuerpos, las relaciones humanas y el lenguaje mismo aparecen alterados por la presencia persistente de los ausentes.

Lo que sí puedo decir es que todo este recorrido me deja inquieto y no por la violencia en sí misma, sino por la facilidad con la que terminamos aprendiendo a convivir con ella. Ninguna tragedia permanece abierta para siempre. Incluso los acontecimientos que en un momento parecen capaces de transformar una sociedad acaban absorbidos por la normalidad. Donde los muertos permanecen, pero cada vez menos personas sienten su ausencia como una herida.

Quizá ese sea el verdadero límite de la empatía humana. Nuevas preocupaciones desplazan a las anteriores, nuevas tragedias eclipsan a las más antiguas y, con el paso de las generaciones, incluso los acontecimientos más devastadores corren el riesgo de transformarse en simples relatos. Quizá la empatía humana no fracase porque sea inexistente, sino porque se desgasta. Sentimos, pero no por mucho tiempo.

La intuición más potente que me deja la novela es que aquello que menos útil parece desde el punto de vista de la supervivencia es también aquello que mejor define nuestra humanidad. Ignoramos qué rasgos perdurarán hasta el final de nuestra especie, si prevalecerá la violencia o el cuidado, la indiferencia o la responsabilidad. La respuesta solo la conocerá el último ser humano cuando, al exhalar su último aliento, tenga un arma entre sus manos o alguien entre sus brazos, porque, indiscutiblemente, ambos son actos humanos.

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