Vivimos tiempos oscuros de conformismo, donde las redes nos dan esa actividad necesaria para mantener ocupados nuestros pulgares, mientras las verdaderas luchas quedan suprimidas. Peleamos por cosas banales, o por la competencia de la ‘verdad’ —una verdad que suele ser falsa, porque solo recoge lo que una pequeña tribu necesita creer— hasta convertirla en ideas inmutables que ya nadie examina, y que nos arrastran al oscurantismo del que les hablo.