Ir más allá de la pura fe

Por: Esteban Barquera Co-Fundador Templo de Satán

“La evidencia para cualquier milagro debe ser tan fuerte que su falsedad sería más milagrosa que el hecho mismo_ Hume”

Los milagros son esos eventos extraordinarios que se atribuyen a una intervención divina y han sido utilizados a forma de pruebas de la existencia de lo divino, para inspirar fe y en otros casos han dado forma a creencias religiosas completas. Sin embargo, desde una perspectiva filosófica y teológica, la noción de milagro ha sido objeto de un intenso escrutinio. ¿Son los milagros realmente posibles? ¿Son necesarios para la fe? ¿O son más bien construcciones culturales que responden a necesidades psicológicas y sociales?

Los milagros no solo son innecesarios, sino que constituyen un mal planteamiento teológico, que debido a que por mucho tiempo la escolástica era el método por el cual se buscaba la respuesta de las cosas, y en el proceso armonizar la fe con la razón, se fueron vinculando de una forma que las hizo inseparables y con ello se podía validar sus supuestas verdades. Una especie de Deus ex machina, que sin más llega a salvar el día, para que a través de una justificación religiosa pueda explicar o justificar cualquier cosa.

Sin embargo, los pensadores racionalistas, tenían una diferente visión más coherente del orden divino, y a través de la filosofía critican la intervención sobrenatural en el mundo natural. Por ejemplo, para Spinoza, Dios no es un ser separado de la naturaleza, pero tampoco es la misma naturaleza, más bien todo es en Dios. Si definiéramos a Dios como la única sustancia existente, y todo lo que existe es una manifestación de esta sustancia; el milagro o lo milagroso busca disolver cualquier lazo entre lo divino y lo natural, afirmando que todo lo que ocurre en el universo es una expresión directa de la naturaleza de Dios. Dado que Dios es la causa inmanente de todas las cosas y las leyes naturales son manifestaciones de su esencia, la noción de un milagro como una suspensión o violación de estas leyes resulta incoherente ya que algo sobrenatural pasa a ser imposible; los fenómenos que tradicionalmente se consideran milagros para ser reales deben mantenerse dentro del orden natural.

A su vez los milagros darían por sentado que la naturaleza es dualista y entiende de bien y de mal, esto también choca con la visión de Dios. La noción de que un milagro representa una intervención divina, selectiva en favor del bien y en oposición al mal, presupone una división entre ambas fuerzas que no refleja la complejidad de la realidad. Esta visión simplifica de manera errónea el mundo, al sugerir una dicotomía donde, en realidad, existe un entramado más intrincado de causas y efectos. Y ni hablar de la fiabilidad de los testigos, que generalmente es más probable que se equivoquen o sean engañados, y no que las leyes de la naturaleza se suspendan, para el actuar de un acto / manifestación milagrosa.

Kant rechazaba la idea de los milagros porque consideraba que la moralidad debe ser autónoma y no depender de intervenciones divinas. Si los milagros fueran necesarios para que las personas actúen moralmente, la moralidad estaría subordinada a eventos externos y contingentes, lo que iría en contra de la idea de la ley moral es universal y necesaria dejando de lado la autonomía de la razón, lo que comprometería la dignidad del ser humano como un agente moral libre.

Los teólogos liberales suelen reinterpretar los milagros bíblicos como símbolos o metáforas, más que como eventos históricos literales y sostiene que lo esencial de las enseñanzas religiosas no depende de la veracidad de los milagros, sino de su significado espiritual y moral. Para estos teólogos, insistir en los milagros como eventos literales puede distraer de las enseñanzas más profundas de las escrituras y puede ser incompatible con una comprensión moderna y racional de la religión, además de que en teoría la verdadera fe reside en la comprensión espiritual, no en la búsqueda constante de señales o intervenciones divinas en lo cotidiano. No existe evidencia alguna que nos obligue a interpretar un evento, por más extraordinario que sea, de manera religiosa. Ante un hecho fuera de lo común, el pensador racional reconocerá que su desconocimiento sobre cómo explicarlo bajo las leyes naturales no es motivo para abandonar su búsqueda. Confiar en que dicha explicación existe, aunque todavía no la comprendamos por la ausencia de experiencia, indica que estamos logrando superar la herencia religiosa para dotar de significado el mundo, estamos logrando ir más allá de la pura fe.

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