Por: Esteban Barquera Co-Fundador Templo de Satán
«Ataca, ataca, ataca. No admitas nada y niega todo. No importa lo que suceda, reclama la victoria y nunca aceptes la derrota» _Roy Cohn
Aún recuerdo en mi adolescencia ver “The Apprentice” en televisión (2005). Para quien no lo conozca, lo resumo rápidamente: este era un programa estadounidense de concurso, tipo reality, conducido por Donald Trump (solo la última temporada fue conducida por Arnold Schwarzenegger), el cual supuestamente consistía en probar las capacidades de los concursantes en áreas de competencia que les permitirían dirigir alguna empresa de Donald Trump, ya que este sería el premio para el ganador; para esto los concursantes tenían que pasar por múltiples desafíos y debates con el conductor para demostrar que eran merecedores de este puesto.
El programa, como todo reality de esa época o esta época, buscaba sacar lo peor de las personas para que el conflicto se convirtiera en el verdadero producto a consumir, además de mitificar la meritocracia, donde el principal mensaje era que los que quieren el poder deben estar dispuestos a todo para conseguirlo. Otra cuestión muy notoria dentro del programa es que era un megacomercial para Donald Trump y sus empresas. Ya que, en esta época, si bien ya era muy conocido y podías encontrar un sinfín de productos con su nombre, también era una época de cambio y dejaba de ser relevante su persona.

Así que el programa catapultó de nuevo al personaje, explotando su personalidad inflada, agresiva y arrogante, haciéndolo ver como todo un showman. La imagen que proyectó Trump en ese programa se fue convirtiendo en canon de lo que una persona de éxito debía ser. Claro que en ese tiempo era difícil que el mensaje se expandiese solo por un programa de televisión; estamos hablando de por lo menos cinco años antes de la popularización de Facebook; así que también tuvo que tirar del escándalo para no perder relevancia. Supongo que en esta parte de su vida fue cuando ya dominaba el arte de crear narrativas e historias que fascinaban a la gente. Esto se volvió su carta de presentación; al final, todo esto lo llevó a la presidencia en el 2017.
En su primer periodo le fue complicado implementar el modelo confrontativo y populista que tomó de Newt Gingrich, un radical que creó gran parte de las estrategias que existen hoy día para atacar a la oposición (puedes leer más sobre estas estrategias en nuestro artículo sobre la nueva derecha), pero sobre todo polarizar a la gente y a sus representantes.
Este tipo de estrategias ya habían sido analizadas e incluso desarrolladas por Antonio Gramsci, del cual la derecha ha tomado varios conceptos para implementarlos, como el de «guerra de posiciones», que es una estrategia política y cultural que aborda en sus «Cuadernos de la cárcel». En donde argumenta que, para lograr un cambio social profundo, es necesario conquistar las instituciones culturales y educativas, ya que estas moldean la conciencia y las creencias de la sociedad, en otras palabras, una hegemonía cultural. Trump utilizó esta estrategia para movilizar a sus seguidores, incrustar un «sentido común», desafiar el criterio y la moral establecidos por las élites políticas y mediáticas. Su enfoque en temas como la inmigración, el nacionalismo económico y la crítica a los medios de comunicación tradicionales, e incluso plataformas de redes sociales, es a todas luces el intento de reconfigurar la hegemonía cultural en favor de su visión del mundo.
El 2024 fue un año crucial para la derecha que, gracias a su ejército de seguidores en redes sociales, noticias falsas (fake news) y un escenario político local y global idóneo, está inclinando la balanza a su favor, llevándolo a un nuevo periodo presidencial, pero ahora sin oposición en la cámara. Además, las semillas de grupos que se dedican a odiar ya germinaron y se están convirtiendo en pilares fundamentales como lo son “Young Americans for Freedom” (YAF) y “Americans for Prosperity” (AFP), bastiones de los sucesores de este político y políticas, que permitirán mantener esta agenda e intereses en movimiento.
El regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos en 2025 puede ser visto como el resultado de esta batalla cultural y la capitalización del descontento con las políticas «woke», ya que ha prometido restaurar lo que él y sus seguidores consideran los verdaderos “valores estadounidenses”. Que en esencia se centra en la seguridad fronteriza, la eliminación de programas de diversidad y la defensa de la libertad de expresión frente a lo que él describe como censura progresista.
Ya Herbert Marcuse, en sus textos sobre la sociedad industrial y el marxismo, nos dijo que las sociedades avanzadas crean una falsa conciencia que impide la verdadera liberación y cómo el capitalismo utiliza la cultura y los medios para mantener el status quo. Así que la derecha se atribuyó el trabajo de dar la batalla cultural contra cualquier cosa que le intente poner límites e intente frenar el capitalismo y vaya en contra de los valores tradicionales, así tenga que devastar a las minorías o desinstalar los andamios construidos por los grupos que luchan por la reivindicación de las clases subordinadas y por la emancipación de las mismas.
Otro elemento que no hay que menospreciar es que Trump se ha ganado a los principales exponentes del tecnoimperialismo, con los cuales no había logrado congeniar del todo en su primer mandato, y se habían convertido en resistencia, y en otros casos oposición, pero en este segundo periodo incluso los lleva como parte de su gabinete. Por el momento solo queda esperar, pero honestamente, que uno de los países más poderosos esté manejado por un narcisista criminal, con todos los rasgos de un dictador, que está acostumbrado a que todo se haga a su forma y cuya brújula moral está basada en “ataca, no admitir nada y negar todo” no pinta como un futuro prometedor para el mundo; y así como aprendieron Ivana (su primera esposa) y Roy (su mentor), Trump solo se ama a él, Trump solo se escucha a él y Trump siempre debe ganar aunque eso signifique destruirlo todo.
