Por: Esteban Barquera
“Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Vosotros tenéis todavía caos dentro de vosotros. ¡Ay! Llega el tiempo en que el hombre no dará ya a luz ninguna estrella. ¡Ay! Llega el tiempo del hombre más despreciable, el incapaz ya de despreciarse a sí mismo. ¡Mirad! Yo os muestro el último hombre.” _Friedrich Nietzsche

Una de las frases más populares, que aprendemos desde pequeños y que no deberíamos de olvidar, es: «El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla», en estos tiempos caóticos, la modificaría a: Si la humanidad no aprende de la historia de los pueblos, está condenada a reproducir sus errores. Esto lo pudimos constatar hace más de cien años, cuando vimos el surgimiento del fascismo como ideología y cien años de su consolidación en el poder.
También pudimos documentar cómo después fue ejemplo e inspiración de otros totalitarismos, envalentonados por masas temerosas, obedientes e indiferentes. La historia de nuestra pasificación comenzó mucho antes y ha sido tan extensa que me es difícil rastrearla a su comienzo, pero me es más fácil ver las consecuencias, porque nada es más evidente, que cuando ya ha sucedido.
Muchas cosas que temíamos ya han pasado o están sucediendo; ese tan temido punto de inflexión ya fue rebasado, la realidad nos abraza con tal fuerza que se vuelve asfixiante y las matemáticas cada vez se vuelven más sanguinarias. Los poderosos toman decisiones diagnosticando la situación desde una geopolítica personal, en donde solo importan sus planes e intereses particulares. Con dos objetivos principales que acompaña a cualquiera que sustente poder: mantener el poder y evitar las consecuencias de sus acciones, ya sean de las que hayan tenido que ejercer para llegar al poder o los actos aberrantes que hayan hecho escudados en dicho poder.
Metiéndonos en múltiples problemas que ya no se pueden resolver bajo el esquema reformista que estamos acostumbrados; dejándonos solo la opción de insurrección, que en algún momento gracias a la organización se pueda convertir en una revolución global, compuesta de una red de actos insumisos que, al entrelazarse, desborden el orden establecido.
Entonces, podría decir que el primer gran problema es la trampa multipolar en la que nos encontramos, provocada por las grandes esferas industriales, pero vemos un efecto similar en la gran parte de colectivos —feministas, obreros, LGBTIQ+, estudiantiles, indígenas, entre otros— que pese a la fuerza y legitimidad que han ganado con el tiempo; no ha sabido generar estrategias y mecanismos de cooperación, esto los ha mantenido aislados, comenzando un círculo vicioso en el que, cuando se tiene una estrategia, en apariencia efectiva, es frenada con facilidad por los aparatos del estado o los internacionales, ya que no hay respaldo por otros movimientos, ni sociales y mucho menos político. Solo vemos interés en estas luchas cuando el poder requiere votos y vender la idea de que son progresistas.
El segundo gran problema, que de varias formas conecta con el primero, es la desaparición de la oposición en puestos de poder y toma de decisión. Esta ausencia ha dejado un tremendo agujero, que permite un control total de todos los poderes, generando que la constitución se utilice para la represión, que solo es permisiva con grupos cerrados que ya están en el poder. Por eso, a través de estrategias de fragmentación, que consiste en provocar desconfianza entre todos, que encontremos dolores en común, separando intelectuales, activistas, ciudadanos, al ser humano de la paz. Pero eso sí, se les permiten pequeñas victorias, a estos grupos, para que se mantengan concentrados en esas luchas particulares, mientras las relaciones de poder y asimetrías permanecen intactas.
En tercer lugar, nos hacen creer que su incompetencia y omisiones, son resultado de su falta de capacidades cognitivas, de empatía y conciencia; pero en realidad suele ser una forma cínica de extracción de recurso, eliminación de derechos y despojo de áreas públicas, inclusive zonas protegidas. Así, un mal transporte público no es falta de recursos: es una manera de mantenerte estresado y en conflicto con los demás, la falta de medicamentos: no es mala administración del erario público, es una manera de mantenerte enfermo para que solo estés preocupado por la poca salud que te queda u ocupado cuidando a alguien más que esté enfermo. Esto con el entendido que la industria de salud está diseñada para aliviarte, no curarte y mucho menos mejorar tu salud. Lo más importante es que te integres al mercado laboral lo más rápido posible y puedas ser productivo.
Otro ejemplo de manipulación disfrazada de incompetencia, es el descuido del espacio público, esto es una manera de desplazarte de donde habitas o las áreas que utilizas, se dejan perder estos espacios de esparcimiento y convivencia, ya que cuando estén vacíos se podrán expropiar para entregárselos al capitalista y el ciudadano que no obtendrá beneficios de este proceso, no le sabrá amargo el resultado porque recordará el lugar en un estado de inmundicia. Poco a poco permitimos que todo se privatice en favor de la “modernización”, “el progreso” y “el avance” que solo priorizan los fines del capital. Estas ideas nos han poseído al punto de que ya ni las cuestionamos, más bien las veneramos. Y en esa veneración, nos despojamos de nosotros mismos.
Pero ya ni pensar en señalar estas problemáticas en el debate público, que es donde al final se exponen las problemáticas y que bajo cualquier sistema es donde se tendrían que encontrar soluciones, pero hasta en este debate ya se prefiere ceder la decisión a las figuras que según la democracia elegimos para que nos representaran, y antes de reconocer el error preferimos apoyar ciegamente a estos representantes casi como divinidades que son incorruptibles, por lo tanto, inherentemente honestas e infalibles. El voto se ha convertido en un silencioso consentimiento, al poderoso que no conoce y mucho menos entiende los problemas del sometido.
Y ahora menos que nunca, que cuenta con el mecanismo de manipulación más grande y eficiente compuesto por el control de la información. Que con mensajes seductores y una gestión milimétrica del algoritmo alimentado por nosotros mismos, saben cómo controlarnos, pero no solo en nuestras acciones, sino en nuestras emociones. Vaciándonos de las mismas, dejándonos en estado de indefensión aprendida para terminar de formar individuos que luchan por su autoexplotación. Nos han convencido de que no nos pertenecemos y de que no sabemos qué queremos, pero podemos estar tranquilos porque ellos sí lo saben.
Este individuo del continuo sacrificio, que parecería de disfrutar de auto aplicarse la ley de Procusto, se cercena cada que el sistema se lo exige, y como ya lo hicimos nosotros, esperamos que cada otro se aplique la misma ley, para ajustarse a nuestras muy específicas necesidades, y si no es así, solo nos irrita, nos genera frustración y al final odio. Esta es la verdadera nueva normalidad, la relación y búsqueda de afinidad a través del odio; que al final son nuestros dolores tratando de manifestarse, pero que sentimos que ya no podemos externarlos más. El algoritmo nos mantiene cautivos como su ganso de los huevos de oro, en una jaula que distorsiona la realidad para que no podamos distinguir de las ficciones que nos cuenten.
Estos, a mi parecer, son los elementos de la estrategia del poder para mantenernos agotados “…a este hombre no se le mata, porque hasta morir le cansa”. Pero si es necesario, se le mata o se le mantiene en caos, que es una forma de estar muerto en vida y es la mejor manera de desestabilizar el mundo. Ya Carl Schmitt describió como el poder lo sustenta el que puede cuartear todos tus derechos y aplicar el estado de excepción; el problema es que esta excepción cada vez es más fácil de justificar en las naciones democráticas, que una y otra vez nos han demostrado que es dictadura con otro nombre, pero con el mismo amo. Solo cuando nos reapropiamos de nosotros mismos, dejamos de ser propiedad del Estado, del mercado o de la moral.
Así que esto ya va más allá de ideologías, metafísicas, religiones, filosofías, estrato socioeconómico, etc. Lo que está en riesgo es nuestra supervivencia, ya que nos precipitamos rápidamente a nuestra destrucción. Pero insistimos en seguir estúpidos, que por subestimarlos y algunos casos considerarlos graciosos, se ha incrementado su popularidad y con ellos su influencia e incidencia en el rumbo de la humanidad. El problema del estúpido al no reconocerse como estúpido es que es extremadamente eficiente para ser devastador.
Hemos llegado a ese tiempo del que hablaba Nietzsche: un tiempo en el que el ser humano ha dejado de imaginar, de crear, de soñar con mundos nuevos. Las ideas que nos trajeron hasta aquí ya no nos alcanzan, y las estructuras que sostenían nuestras sociedades se desmoronan bajo su propio peso. No es solo una crisis política o económica: es una crisis de formación de tejido social y motivación para la acción.
Por eso, este texto no es solo una denuncia, sino una invitación urgente a recuperar el caos fértil del pensamiento, a encender nuevas estrellas danzarinas en medio de la oscuridad. Porque si no somos capaces de imaginar otros mundos y construirlos, seguiremos atrapados en este que se descompone. Necesitamos convertirnos en una fuerza demoledora, sin importar cuánto intenten detenernos o nos señalen como los malvados. ¡Hagamos que nos teman!