Derivas ideológicas, identidad en crisis e isla epistemológica
Las lecturas pasionales engrasan la maquinaria del estado, para que se perpetúen los intereses del capital, estructuras materiales y las relaciones de poder. El progresismo es el proceso de filtración por el cual a las luchas proletarias y disidencias se les quita la conciencia de clase, para convertirlas en productos comercializables. Así pierden su potencial transformador y polimerizan las estructuras de opresión. _ Esteban Barquera

Hace un tiempo proponía replantear la popular frase: «El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla», por: «Si la humanidad no aprende de la historia de los pueblos, está condenada a reproducir sus errores.» Pero lo hice de manera tramposa, porque la historia misma es tramposa: es omisión, pero sobre todo es invisibilización y borrado.
Para que mi propuesta pueda tomar forma, se necesita integrar esos cuerpos y devenires olvidados en el tiempo. Por eso mismo me autodenominaba progre; sentía que estaba trabajando en facilitar esa integración, luchando por una reivindicación histórica. Como lo dijo Walter Benjamin: “Se deben detectar las potencias emancipadoras ocultas que la historia traicionó.” Pero entre más pasa el tiempo, mi opinión y este sentir han cambiado. Sigo creyendo que el objetivo es el correcto, pero estamos errando en la ejecución.
Los intereses del capital nos tendieron una trampa, y caímos en ella. Nos llevaron al terreno del idiota, que es metafísico y abstracto, además de navegar en la virtualidad, en donde las reglas tienen un doble estándar, ajustándose al algoritmo; esto para obstaculizar que podamos centrarnos en las bases materiales que producen las superestructuras ideológicas. Vivimos en una cultura que ha absorbido ciertas ideas posmodernas —como la centralidad de la interpretación— pero las ha simplificado hasta el punto de convertirlas en herramientas de validación emocional más que de análisis crítico, y en otros casos, en instrumentos para la mercantilización de los afectos y la cultura.
El progresismo, en su forma contemporánea, ha dejado de ser una fuerza de ruptura para convertirse en una válvula de escape del sistema. Su retórica de inclusión, diversidad y derechos, aunque en apariencia emancipadora, ha sido absorbida por la lógica del capital, convirtiéndose en una ideología funcional al orden liberal. Lo que alguna vez fue una promesa de transformación radical ha mutado, y hoy opera como un dispositivo de contención: una forma de gestionar el malestar sin alterar las estructuras que lo producen.
Esta mutación no es accidental. Es un desplazamiento hacia una visión progresista de la historia que comparte con el liberalismo la fe en el desarrollo técnico y la modernización. En ese tránsito, la lucha de clases fue sustituida por una narrativa de avance moral y cultural, donde el conflicto estructural se disuelve en una sucesión de conquistas simbólicas. La política ha experimentado un giro significativo: ha dejado de centrarse en las condiciones materiales que estructuran la vida social —como el trabajo, la propiedad, el acceso a los recursos— para volcarse hacia la gestión de las diferencias culturales. Este desplazamiento, que podríamos llamar la culturalización de la política, ha transformado el modo en que se concibe y se enfrenta la desigualdad. Ya no se trata de una cuestión de injusticia estructural, sino de una pluralidad de identidades que reclaman reconocimiento.
Este planteamiento desde la interseccionalidad, que requiere privilegiar la articulación discursiva de demandas heterogéneas, pierde su anclaje material y se transforma en identidades flotantes, fácilmente cooptables por el mercado. El progresismo, entonces, no solo despolitiza, sino que estetiza la resistencia. En lugar de disputar el poder, nos invita a narrarnos, a representarnos, a visibilizarnos. Pero la visibilidad sin transformación estructural es solo espectáculo. Y el espectáculo, como puede inferirse de la obra de Debord, es la forma suprema de la alienación.
La crítica ahora es entretenimiento, ya ni siquiera es necesario reprimirla. Es más: se alienta, para que las personas sientan que ya están haciendo algo para afrontar las problemáticas, pero les sea imposible ver las soluciones. Lo que termina sucediendo es una resignación que nos integra y nos permite sobrellevarlo. Ya no es conformismo: es la satisfacción de ser cómplices. La radicalización de las posturas ideológicas, sin un marco crítico y una estrategia de acción, terminan imposibilitando un análisis completo de las problemáticas y los responsables; se abordan más como si fuera una lucha de bandos, en donde o absorbes todo lo que representa ese bando, o perteneces al contrario.
Si queremos recuperar la potencia transformadora de la política, debemos abandonar la comodidad del reconocimiento y volver a disputar el terreno de lo material. No se trata de negar la importancia de las identidades, sino de rearticularlas en función de una praxis que confronte las estructuras que las producen y las limitan. El reconocimiento, en ciertos contextos, ha sido una puerta de entrada a la politización de sujetos históricamente excluidos; pero cuando se convierte en fin último, clausura la posibilidad de transformación.
La solución no está en una nueva retórica, ni en una estética más radical, sino en la reconstrucción de un sujeto político capaz de pensar y actuar desde lo común. El problema no es la pluralidad de luchas, sino su dispersión sin horizonte, por eso es urgente es articular esas diferencias en torno a una voluntad colectiva que no se conforme con ser visible, sino que aspire a ser transformadora.
Esto implica desmontar la maquinaria simbólica que convierte la crítica en mercancía y la resistencia en espectáculo. La cultura, cuando se convierte en recurso estratégico vacío, pierde su capacidad de interpelar. Pero no toda apropiación política de la cultura es instrumentalización: hay movimientos que han sabido usarla como herramienta de resistencia, como lenguaje de lo común, como forma de encarnar la lucha en los cuerpos que aún resisten.
Nosotros somos quienes, al renunciar a la lectura crítica de la historia, permitimos que los errores se reproduzcan. Desmercantilizar la cultura, desvirtualizar la política, y reencarnar la lucha, es eliminar esos velos construidos con placebos, reclamar lo que fue condenado al margen, romper con la narrativa del poder y los valores que nos impuso; pero sobre todo abandonar la idea de que es la perfección o nada, placer o nada, bien o nada.
El autoengaño es pensar que, por tener un sueño recurrente, se vuelve una premonición.
¡Despierta!
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