Entre sequías y huracanes

Por: Esteban Barquera

¡El calor está volviendo loca a la gente!
Temporada de Huracanes de Fernanda Melchor

Una pregunta que me persigue cada vez que alguien me habla de sus creencias —intentando, no siempre con éxito, suspender el prejuicio— es: ¿Cómo pueden creer en tantas mamadas?

Permítanme explicarme, porque sé que abrir así el pensamiento puede generar cierto impacto. Sucede que cuando llevas más de tres décadas escuchando hablar del mal de ojo, las limpias, los amarres, o «trabajos» de cualquier índole, montones de cuentos que narran de manera muy segura que animales son brujas en forma transformada, y ni hablar de los «espíritus» de muertos errantes que vagan en pena a nuestro alrededor… mi pregunta ya no suena tan irreverente.

Desde la antropología, la historia, la psicología o los estudios religiosos podemos analizar todas estas creencias de gente… (no sean así, no iba a decir eso tan feo). El punto en el que me quiero detener —y que Temporada de Huracanes deja brutalmente claro— es que eso que llamamos «creencias de gente…» pertenece a personas con historias y vivencias propias, atravesadas generalmente por el sufrimiento. Personas que se aferran a lo que tienen a mano. Y mientras leía este libro me preguntaba: ¿Cómo no creer que alguien te maldijo, si desde que abres los ojos hasta que los cierras el sufrimiento —el propio y el ajeno— llena el aire de cada habitación?

Pero antes de profundizar en ese punto central, vale la pena presentar el libro en sí. Temporada de Huracanes fue escrita por Fernanda Melchor y publicada en 2017. La autora, mexicana, tiene una obra que abarca géneros diversos y que le ha valido múltiples reconocimientos en distintas categorías —entre ellos, el hecho de que esta novela fuera finalista del International Booker Prize en 2020, distinción que vino acompañada de una discusión amplia sobre cómo se narra la violencia en México y sobre los límites del realismo cuando el material que se trabaja es de por sí tan extremo. La novela narra las historias de varios personajes que se van entrelazando alrededor de un suceso central: el hallazgo del cadáver de la Bruja —figura que concentra el miedo, el deseo y el resentimiento del pueblo— en un canal a las afueras de La Matosa, un pueblo ficticio ubicado en Veracruz, México.

La obra se divide en ocho capítulos construidos como monólogos extendidos. Sus párrafos son largos e ininterrumpidos —sin puntos y aparte, con una puntuación reducida al mínimo—, lo que, sumado al registro lingüístico específico que los construye, produce la impresión de un habla que no se detiene, que no encuentra pausa para respirar. El eco de Faulkner —autor cuya influencia es reconocible en figuras como García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes— aparece con claridad en este texto: ese flujo de conciencia que arrastra al lector sin darle asidero; esa voz que parece dictada más que escrita, muy presente en los pensamientos caóticos de los personajes; las múltiples voces que narran la misma historia, el territorio mítico, el peso del pasado. Pero Melchor ancla los diálogos en el español veracruzano, con toda su violencia, su humor y su densidad afectiva. El resultado de todos estos elementos es una sensación de opresión que acompaña al lector de principio a fin: algo completamente torrencial.

Desde las primeras páginas queda claro que estas historias no van a terminar bien, que no buscan resolver el crimen ni mucho menos ofrecer redención. Una de las decisiones narrativas que más me gustó de esta novela es la ausencia de una verdad absoluta: cada personaje posee apenas un fragmento de ella. La novela reconstruye lo ocurrido a través de recuerdos, rumores, chismes e incluso el autoengaño, de modo que la tensión se desplaza gradualmente a explorar el entramado social y afectivo que hizo posible que pudiera suceder el crimen, y el cúmulo de otros tantos que suceden durante toda la historia, en algunos casos tan normalizados, que ya no eran vistos como delitos.

Algo que también se agradece es que la violencia no se presenta como un fenómeno aislado ni como algo que emana de un solo lado —de un género, de una clase, de un individuo. Temporada de Huracanes es más bien una radiografía de las estructuras sobre las que la violencia se sostiene y que en la gran mayoría de los casos es fomentada por los encargados de mantener el orden. Si puedes con escenas de miseria, maltrato, violencia y actos delictivos que en ocasiones involucran a menores —algunos más explícitos que otros—, y no esperas un final feliz, recomiendo ampliamente este libro.

La gestión simbólica de la incertidumbre

Otra pregunta que me dejó la novela mientras la leía fue: ¿Qué tiene que ocurrir en la vida de una persona —y en la estructura de una sociedad— para que creer en brujas, sea la respuesta más razonable a su disposición?

Y resulta que encontré datos interesantes al respecto:

En 2022, el economista Boris Gershman publicó en PLOS ONE el primer estudio sistemático a escala global sobre creencias en brujería, construido a partir de encuestas representativas aplicadas a más de 140,000 personas en 95 países. El hallazgo central es contundente: más del 40% de los encuestados afirmó creer que hay personas que pueden lanzar maldiciones o hechizos que causan daño a otros. Eso se traduce, conservadoramente, en más de mil millones de personas. No estamos hablando de un rezago folclórico destinado a desaparecer. Estamos hablando de una de las creencias más extendidas del mundo contemporáneo.

¿Y dónde se concentra? La creencia en brujería es menor entre las personas con mayor nivel educativo y mayor seguridad económica, y a nivel de país, su prevalencia está sistemáticamente vinculada a características culturales, institucionales, psicológicas y socioeconómicas. En coherencia con su función hipotética de mantener el orden y la cohesión en ausencia de mecanismos de gobernanza efectivos, la creencia en brujería es más extendida en países con instituciones débiles. En otras palabras: la brujería no es un problema de ignorancia. Es un problema de arquitectura social.

Aquí es donde el libro de Melchor deja de ser ficción que nos habla de los acontecimientos de un pueblo en Veracruz. La Matosa no es un pueblo que cree en brujas porque sus habitantes sean más crédulos o menos inteligentes que los de cualquier otro lugar. Es un pueblo donde el Estado es una amenaza o una ausencia, donde la justicia no llega o llega para hacer daño, donde la enfermedad, la pobreza y la muerte parecen arbitrarias y sin causa discernible. En ese contexto, la figura de la Bruja —que concentra el miedo colectivo, que explica lo inexplicable, que señala a un culpable cuando el sistema no logra o no quiere hacerlo— no es una superstición. Es la herencia de la tragedia que pasa de una bruja a otra, y símbolo de un ciclo que parece imposible de frenar.

La literatura académica sobre el tema es clara en este punto: el mecanismo no es la falta de razón, sino lo que podríamos llamar, con exactitud, gestión simbólica de la incertidumbre. Las investigaciones publicadas en Nature Human Behaviour sobre estructura poblacional y creencias en brujería muestran que estas creencias no son solo opiniones individuales: organizan activamente las redes sociales, determinan con quién se comparte trabajo y con quién se forman alianzas matrimoniales. La brujería, en otras palabras, es infraestructura social. Lejos de ser solo algo irracional, la creencia en brujería responde a la incertidumbre sin gestión, que sencillamente, es insoportable.

Dicho de otra forma: no se cree en maleficios en lugar de creer en medicina. Se cree en maleficios cuando la medicina no está, cuando no alcanza, cuando llega demasiado tarde, o cuando para recibirla tienes que perder una parte de tu humanidad y tu dignidad.

América Latina ocupa en estas estadísticas una posición que los sociólogos llaman de modernidad periférica o híbrida: Estados parcialmente funcionales, con desigualdad estructural persistente, instituciones que existen en papel, pero no siempre en la práctica, que favorecen al que tiene dinero o influencias. El resultado no es una modernidad que favorezca que las creencias sobrenaturales desaparezcan, sino que conviven con ella. Las limpias y la medicina moderna no se excluyen. Perfectamente pueden coexistir el mal de ojo, el chupa panzas y el ozempic. El espiritismo es el soporte que les queda a algunos, no como sistema total, sino como huella de abandono de un sistema. Es la forma específica que toma la modernidad cuando llega incompleta, cuando sus promesas —seguridad, justicia, explicación técnica del mundo— no se cumplen de manera universal.

Entonces, ¿Qué pasa cuando llega la modernidad?

La respuesta automática sería que la gente deja de creer en brujas. Al haber instituciones funcionales, la ciencia ocupa el lugar del mito, y los espíritus se van siguiendo la luz de la que habla el Abuelo en el último capítulo de Temporada de Huracanes. ¿Alcanzar esa luz sí nos sacó del agujero? Porque esa es, al menos, la promesa de la modernidad, o lo que de ella se cuenta. Aquí es donde los libros de Silvia Federici se vuelven sumamente útiles para seguir esta conversación en una siguiente entrada.

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