Un gol no se olvida, los muertos son polvo

Gritos que ya no se distinguen unos de otros, personas sin aire, vidas detenidas, suspendidas igual que el evento al terminar; con la diferencia de que ese aire no volverá, como tampoco volverán esos hijos que se buscan, y que cuando se habla de esperanza, de encontrarlos, no se habla ya de un él o una ella con nombre, que responda al abrazo o al «te amo», sino de algo que pueda sostenerse entre las manos, ligero, poroso, apenas suficiente para guardar la incertidumbre, pero también la injusticia y la indolencia; un algo al que poder llorarle, al que poder mostrarles a los demás, mientras señala con el dedo trémulo y dice: «ahí está» […]

La Copa Mundial no constituye una suspensión festiva de la política; más bien es una de sus formas más espectaculares, cuyo mecanismo de fondo es administrar qué se vuelve visible y qué permanece fuera de la mirada pública: qué se romantiza y qué se vuelve molestia, qué es verdad y qué se simula.  

Como ritual de masas, el torneo permite a los Estados producir identidad nacional, acumular capital simbólico y proyectar estabilidad ante sus ciudadanos y la comunidad internacional. Precisamente porque convierte al país anfitrión en un escaparate global, impulsa mecanismos de excepción. Esto puede observarse a lo largo de la historia de la competición, pero especialmente desde el fascismo italiano: el torneo ha funcionado como tecnología de legitimación política y como dispositivo para desplazar, contener o invisibilizar cualquier narrativa que contradiga la representación que se busca construir.

Los gobiernos recurren al fútbol precisamente por esa capacidad. Podría parecer una actividad recreativa cuyos alcances terminan en la cancha, pero no es así. Cuando una derrota se vive como pérdida colectiva o una victoria como licencia para el desbordamiento emocional, resulta evidente que lo que se enfrenta sobre el terreno de juego no son únicamente jugadores, sino comunidades, símbolos, significantes, problemáticas, rivalidades y discursos.

Las naciones modernas son también construcciones simbólicas que requieren reproducirse continuamente mediante rituales, ceremonias y tradiciones compartidas. El deporte resulta especialmente eficaz para este propósito porque, a diferencia de otras representaciones nacionales más abstractas, este encarna la nación en figuras concretas, visibles y emocionalmente accesibles. Himnos, banderas, uniformes, ceremonias inaugurales y narrativas patrióticas transforman cada encuentro internacional en una representación ritual de la comunidad nacional. Durante noventa minutos, millones de personas experimentan la sensación de pertenecer a una misma comunidad histórica cuya existencia parece confirmarse en el enfrentamiento deportivo. El Mundial no crea estas identidades, pero les proporciona un escenario privilegiado para manifestarse, reactualizar memorias colectivas y proyectar expectativas compartidas hacia el futuro.

Esto puede comprenderse a través de la noción de capital simbólico: la capacidad de definir aquello que una sociedad considera valioso, memorable o digno de reconocimiento. Los grandes eventos deportivos transforman una competencia atlética en un acontecimiento nacional. La fuerza política del Mundial radica en su capacidad de convertir intereses particulares en emociones colectivas; los jugadores dejan de ser individuos para transformarse en representantes de una comunidad, y sus éxitos o fracasos terminan interpretándose como triunfos o derrotas de la nación misma. La experiencia emocional producida por el ritual genera una identificación tan profunda que las fronteras entre espectadores y jugadores parecen diluirse. Las hinchadas reinventan los símbolos nacionales mediante cánticos, ironías y formas de identificación que escapan al control estatal.

Por eso resulta comprensible que los Estados hayan intentado apropiarse históricamente de esa fuerza simbólica, invirtiendo enormes recursos materiales, políticos y administrativos en un torneo cuya rentabilidad económica suele ser adversa para el gobierno organizador y rentable, sobre todo, para los dueños de la marca. Gobernar implica producir reconocimiento, generar adhesión y presentar un determinado orden social; en otras palabras, transmitir que todo está bajo control. Una victoria deportiva no resuelve problemas estructurales, pero puede fortalecer temporalmente la legitimidad de quien logra vincularse exitosamente con ella al mostrarse como el posibilitador de la misma y, sobre todo, desplazar la atención hacia otro lugar mientras dura la fiesta.

Desarrollemos el caso paradigmático de la Italia fascista de 1934. Mussolini comprendió que el fútbol podía convertirse en una herramienta de movilización nacional. El Mundial fue organizado como demostración de la capacidad organizativa del régimen y de la supuesta superioridad de la nación fascista. Estadios, ceremonias, símbolos y discursos se integraron en una narrativa que asociaba el éxito de la selección con el éxito del proyecto estatal. La victoria italiana no fue presentada únicamente como un triunfo deportivo, sino como la confirmación de una fortaleza nacional producida por el fascismo.

Las democracias han recurrido a estrategias semejantes, aunque mediante mecanismos distintos. México 1970 resulta ilustrativo: apenas dos años antes, habíamos atravesado una de las crisis de legitimidad más profundas de nuestra historia reciente con la represión del movimiento estudiantil y la masacre de Tlatelolco. El gobierno enfrentaba una brecha entre la estabilidad que pretendía exhibir y la creciente inconformidad social. El Mundial ofreció la oportunidad de reconstruir parcialmente el prestigio internacional del país y reforzó la narrativa del México moderno y estable.

La relación entre fútbol y legitimidad alcanzó una de sus expresiones más controvertidas en Argentina 1978. Mientras el país recibía a miles de visitantes y millones de espectadores, la dictadura militar desarrollaba una política sistemática de represión, desaparición forzada y terrorismo de Estado. Los estadios llenos, las celebraciones masivas y la consagración de la selección contribuyeron a construir la representación de una nación orgullosa precisamente cuando esa misma nación estaba atravesada por la violencia política y el miedo. El torneo produjo una experiencia colectiva genuina de entusiasmo que coexistió, sin contradicción aparente para muchos espectadores, con una realidad política atroz. Esa coexistencia, rasgo fundamental del capital simbólico, hizo más eficiente la narrativa que se ofreció, misma que reorganizó la contradicción profunda bajo una representación de unidad.

Alemania 2006 mostró una modalidad distinta del mismo fenómeno. Ya no se trataba de reforzar una dictadura, sino de redefinir la identidad nacional alemana tras la Guerra Fría y las memorias traumáticas del siglo XX. A través del torneo, Alemania proyectó modernidad, apertura democrática y un cosmopolitismo cuidadosamente exhibido; el éxito organizativo quedó asociado a valores como la eficiencia, la hospitalidad y la estabilidad institucional, pero sobre todo a la imagen de una nación que buscaba resarcir los errores del pasado. Aquí la legitimidad provino de presentarse como una sociedad integrada al orden internacional, en un registro mucho más discreto, pero igualmente deliberado.

La función política del Mundial excede la propaganda en su sentido más elemental. Sin embargo, esta estrategia casi de manera inherente suele también darle visibilidad a conflictos internos y contradicciones preexistentes. Cuanto mayor es la inversión simbólica de un gobierno en el torneo, mayor es el riesgo de que las expectativas generadas choquen con realidades sociales no resueltas. Mientras el Mundial puede fortalecer la autoridad estatal, también la expone a un escrutinio excepcional cuya eficacia depende de convencer a la población de que esta suspensión de las normas y problemáticas es un respiro para poder afrontarlas con más fuerza, en casos más extremos el convencimiento rebasa lo racional y convierte el triunfo al grito de “¡¿cuantas copas tenés?!” en el máximo logro de la nación.

La globalización reformuló la dinámica que ya estaba establecida, la audiencia y el discurso ya no solo era para los ciudadanos del país anfitrión o a las naciones participantes: con la expansión de los medios de comunicación, las transmisiones satelitales y las plataformas digitales, la Copa del Mundo se convirtió en uno de los acontecimientos más observados del planeta. Los gobiernos comprendieron entonces que el valor estratégico del torneo residía tanto en producir cohesión nacional como en intervenir en el escenario internacional.

El Mundial pasó a funcionar como una herramienta de proyección geopolítica. Los Estados ya no organizan estos eventos únicamente para ser admirados por sus ciudadanos, sino para ser observados por el mundo. Cada estadio, ceremonia, infraestructura y transmisión participa en la construcción de una narrativa sobre quién es el país anfitrión y cuál es su lugar dentro del sistema internacional. El fútbol es uno de los pocos lenguajes culturales verdaderamente globales, capaz de convocar simultáneamente a públicos diversos alrededor de una misma experiencia emocional; organizar un Mundial ofrece, por ello, una oportunidad excepcional para intervenir en los imaginarios internacionales asociados al país anfitrión.

Esta función geopolítica puede entenderse como una forma de poder blando: la capacidad de influir mediante la atracción y el prestigio, distinta del poder militar o económico. Un Estado puede no incrementar su riqueza o su capacidad militar al organizar un Mundial, pero sí fortalecer su reputación diplomática y su capacidad de influencia. El prestigio se convierte así en un recurso estratégico.

Sudáfrica 2010: El torneo representó la oportunidad de presentar al país como símbolo de una África moderna e integrada a la globalización. A menos de dos décadas del fin del apartheid, permitió proyectar reconciliación; organizar con éxito el primer Mundial en territorio africano implicaba demostrar que el país podía ocupar una posición relevante dentro del orden internacional.

Rusia 2018 siguió una lógica semejante, aunque en un contexto distinto. En medio de tensiones crecientes con Europa y Estados Unidos, sanciones económicas y cuestionamientos sobre el autoritarismo de Putin, el torneo ofreció una plataforma para presentar un relato alternativo sobre el país: inversión en infraestructura, apertura temporal hacia visitantes extranjeros y una imagen de hospitalidad cuidadosamente construida. El Mundial operó menos como una celebración deportiva que como una demostración de capacidad estatal, además de comprar tiempo, para los planes futuros de ese gobierno. Más allá de los efectos concretos que tuvo sobre la diplomacia rusa, contribuyó a suavizar la percepción internacional de un gobierno que ya mostraba señales claras de endurecimiento político, cuatro años después veríamos que habrían hecho con el tiempo comprado — Ucrania.

Si tuviera que definir el Mundial de Catar 2022 en una sola palabra sería “extremos”. La pequeña monarquía del Golfo invirtió cantidades desproporcionadas a su escala demográfica para albergar el torneo, algo que solo se explica por su valor geopolítico: el Mundial permitió a Catar posicionarse en el centro de la atención mundial y consolidarse como actor regional relevante. En este Mundial surge el término sportswashing, utilizado para describir estrategias mediante las cuales gobiernos o instituciones emplean grandes eventos deportivos para desplazar a un segundo plano críticas relacionadas con derechos humanos o problemas estructurales. Sin embargo, reducir el fenómeno a una simple operación propagandística resulta insuficiente. El mismo torneo diseñado para fortalecer el prestigio del emirato amplificó el debate internacional sobre las condiciones laborales de los trabajadores migrantes y las restricciones a ciertas libertades políticas. Más que eliminar las críticas, el evento las obligó a competir con una narrativa alternativa de modernización, capacidad organizativa y reconocimiento internacional.

El Mundial de 2026, organizado conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá, innova en sus mecanismos porque ya no existe un único Estado proyectando una narrativa nacional específica, sino una construcción geopolítica compartida. El torneo se presenta como representación de Norteamérica en su conjunto: un espacio de integración, cooperación y estabilidad regional. Sin embargo, esa cooperación no ocurre entre iguales. Estados Unidos llega como potencia hegemónica y sede predominante del torneo, mientras México y Canadá participan desde posiciones estructuralmente subordinadas en términos económicos y políticos. Más que la integración celebrada por los discursos oficiales, la cuestión relevante es quién controla el encuadre de esa narrativa regional y quién ocupa un papel secundario dentro de ella.

Ahora hablemos del capitalismo celebratorio. Como les intenté demostrar con lo anterior, los grandes eventos deportivos generan una atmósfera de entusiasmo colectivo capaz de reducir resistencias políticas, acelerar decisiones gubernamentales y justificar medidas que en condiciones normales encontrarían una oposición considerable. La celebración produce un efecto enzimático que ablanda las formas de resistencia y desplaza temporalmente el debate sobre las dificultades sociales, económicas y políticas. Incluso intentar verlo como una simplemente pacificación se queda corto: lo que se instala es una forma de disuasión, un estado que no es conflicto abierto ni normalidad recuperada, sino una suspensión en la que el malestar social sigue existiendo, aunque pierde capacidad de manifestarse como confrontación organizada.

La promesa de recibir al Mundo justifica inversiones extraordinarias en infraestructura, transformaciones urbanas aceleradas, modificaciones legales y enormes transferencias de recursos públicos. Muchas veces este gasto responde menos a una necesidad inmediata que a la urgencia de movilizar excedentes de capital, tecnología y capacidad constructiva que necesitan un destino visible. Detrás de la fiesta deportiva suele producirse una reconfiguración profunda de espacios urbanos, sistemas de seguridad y prioridades presupuestarias.

El ablandamiento de la resistencia no se agota en el plano simbólico: es la condición misma que permite tramitar sin fricción esa inversión extraordinaria. Por eso esta lógica produce un estado de excepción funcional: no la suspensión formal del orden constitucional, sino la creación de condiciones especiales que permiten decisiones extraordinarias en nombre de una urgencia colectiva. Plazos reducidos, regulaciones flexibilizadas y controles simplificados adquieren, bajo el paraguas del Mundial, una legitimidad que difícilmente obtendrían en otro contexto. Las autoridades reorganizan redes de transporte, redefinen usos del espacio público, amplían capacidades de vigilancia y fortalecen mecanismos de control territorial bajo el argumento de garantizar la seguridad del evento. El discurso oficial nos presenta estas transformaciones como beneficios permanentes, aunque numerosos estudios muestran que sus efectos suelen distribuirse de manera desigual y durante periodos más breves de uso.

Brasil 2014 ilustra con claridad esta dinámica. Mientras el gobierno promovía el torneo como una celebración nacional y una demostración del ascenso internacional del país, amplios sectores de la población, de uno de los países más representativos del futbol, cuestionaban el enorme gasto destinado a estadios frente a las deficiencias persistentes en educación, salud, transporte y vivienda.

Ahora en el Mundial de 2026 se nos presenta una situación similar. Cada uno de los tres países anfitriones llega con problemáticas distintas y con capacidades desiguales para administrarlas públicamente. En México conviven la crisis prolongada de desapariciones forzadas, la lucha de las madres buscadoras, la escasez de agua en diversas regiones y profundas desigualdades territoriales. En Estados Unidos destacan la crisis de vivienda, el aumento de la población sin hogar, los problemas de adicción, la polarización política y los flujos migratorios. En Canadá, el creciente costo de vida. Durante buena parte del siglo XX los regímenes legitimaban su autoridad mediante monumentos, desfiles y ceremonias; en el siglo XXI la disputa gira cada vez más en torno a la administración de la atención. La legitimidad depende tanto de lo que se muestra como de aquello que consigue mantenerse fuera del centro de la mirada colectiva.

Una vez concluido el torneo, los balances suelen revelar que muchos de los beneficios prometidos no se materializan en la magnitud esperada y que, en algunos casos, las problemáticas preexistentes incluso se profundizan. El registro histórico muestra que los costos del espectáculo suelen prolongarse mucho más allá de la duración del evento, y que resultan considerablemente más difíciles de revertir que cualquier crisis de reputación. Cada adaptación implica recursos que dejan de destinarse a otros ámbitos; cada proyecto urbano expresa, además, una visión específica sobre quién tiene derecho a la ciudad. Los procesos de renovación urbana incrementan el valor del suelo, aceleran fenómenos de desplazamiento y favorecen dinámicas de gentrificación. Del mismo modo, las medidas excepcionales adoptadas durante la organización suelen dejar como herencia mecanismos ampliados de vigilancia o control territorial que persisten después de que la urgencia que los justificaba ha desaparecido.

Y me gustaría hacer una reflexión final: A diferencia de los muertos, que cierra un relato —hay cuerpo, hay duelo, hay una fecha—, el desaparecido no encaja en ninguna de las categorías que el espectáculo sabe procesar. No es derrota ni victoria; no aporta cierre narrativo; no puede convertirse en una noticia de un solo día porque nunca termina de resolverse. El aparato festivo de un Mundial necesita historias con arco, con inicio y final, con ganadores y perdedores. El desaparecido es, por definición, una historia sin ese arco: una ausencia que persiste en el tiempo y que se resiste a transformarse en una imagen estable, una cifra cerrada o una conclusión definitiva. Por eso no basta con decir que el espectáculo lo desplaza fuera del encuadre. El desaparecido ni siquiera tiene, dentro del formato de la celebración, un lugar posible donde caber.

El espectáculo promete estabilidad, modernización, derrama económica, unión, felicidad y goles. Estos últimos parecen ser los verdaderamente importantes; al menos eso debe pensar parte de los aficionados, los organizadores y quienes promueven estos eventos. De otro modo, cuesta entender los datos que aparecen a continuación:

* Las cifras de muertos y desaparecidos son estimaciones documentadas por organismos de derechos humanos, investigaciones periodísticas y registros oficiales; en todos los casos, por la naturaleza del subregistro y del ocultamiento estatal, es probable que sean conservadoras.

Así que cada cuatro años, mientras el mundo contempla una ceremonia global de unidad, competencia regulada y fraternidad internacional, millones de personas viven simultáneamente guerras, hambrunas, persecuciones, desapariciones y desplazamientos. La historia de los Mundiales puede leerse como una historia paralela de las crisis de la modernidad: un ritual a nivel mundial que promete cohesión precisamente en los momentos en que el orden político y social muestra con mayor claridad sus rupturas.

[…] Y aun con eso hay que salir a explicarle a la gente por qué no es solo fútbol; pero ¿cómo se articula la frase correcta para que comprendan que la sangre de cada muerto ha regado el césped por el que correrán, se deslizarán y, más importante todavía, gritarán el gol que podría inmortalizarlos. _Esteban Barquera

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