Cadáver exquisito, Agustina Bazterrica / El cuento de la criada, Margaret Atwood
Por: Esteban Barquera
Precisamente porque tu prójimo no merece tu amor y es más bien tu enemigo, debes amarlo como a ti mismo. _Sigmund Freud, El malestar en la cultura
En determinadas circunstancias puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar. […] En una bañera que se calienta gradualmente te hervirías hasta morir antes de darte cuenta. _Margaret Atwood, El cuento de la criada

La libertad no trata únicamente de preguntarse si somos libres, sino de quién puede serlo, en qué medida y bajo qué condiciones. Desde sus primeras formas, la libertad aparece atravesada por los límites de lo permitido. Y esos límites, lejos de ser estables, se transforman conforme cambian nuestras formas de conocimiento y nuestras estructuras sociales; lo que ayer fue necesario, hoy es inaceptable, y lo que hoy defendemos como ético, mañana puede exhibirse como un mecanismo de control.
Un ejemplo temprano de esta mutabilidad es la prohibición del incesto. Presente desde las sociedades de cazadores-recolectores, no constituye una ley natural en sentido estricto, sino una construcción cultural cuyas fronteras varían según la civilización. Su función inicial no fue la supresión del deseo, sino su redistribución: obligando a los grupos a expandirse, establecer alianzas e intercambiar miembros. Sin embargo, el reconocimiento de un límite nunca implicó la desaparición del impulso que lo desborda; más bien, hizo necesaria la aparición de sistemas normativos encargados de regularlo.
Con el tiempo, estas regulaciones dejaron de responder únicamente a necesidades biológicas o de organización social, y comenzaron a integrarse en estructuras más complejas: propiedad, herencia, acumulación. Este desplazamiento de lo biológico a lo económico es, precisamente, el mismo que operará en las distopías que estamos por analizar. La sexualidad ya no se organiza en función del grupo, sino en función de la estabilidad económica y la transmisión de riqueza. La familia se instituye como eje, y el deseo se convierte progresivamente en una figura cerrada que busca controlarnos.
Podría seguir tirando de estas virutas hasta mostrar que el ser humano nunca ha sido plenamente soberano de su cuerpo; que aquello que llamamos «propiedad de sí» es una ficción relativamente tardía que encubre un régimen histórico de administración del deseo, la reproducción y la vida. Nuestros impulsos se encuentran siempre mediados por estructuras sociales que los moldean y limitan. Bajo esta perspectiva biopolítica, el deseo, la sexualidad y la reproducción dejan de pertenecer exclusivamente al ámbito privado para convertirse en objetos de administración institucional y de reproducción del orden social.
¿Qué ocurre si retiramos esa ilusión de soberanía, dejando de pensar el cuerpo como algo propio y lo cedemos por completo al poder institucional?
La literatura distópica ha explorado precisamente esa posibilidad. Cadáver exquisito, de Agustina Bazterrica, y El cuento de la criada, de Margaret Atwood, radicalizan la transformación del cuerpo en objeto de valor: suspenden la ilusión de propiedad de sí y convierten la carne en mercancía intercambiable o en una matriz reproductiva puesta al servicio del orden estatal. Lejos de constituir simples ejercicios de imaginación, ambas obras hacen visible una racionalidad ya presente en las formas contemporáneas de gestión de la vida. Así, aquello que parecía una serie de normas aisladas —las reglas de parentesco, la estructura de la familia, las formas legítimas de relación— aparece ahora como parte de un mismo entramado que distribuye los posibles vínculos.
Que el ganado se alimente con leche de almendras no significa que deja de ser ganado. Que el ganado pague porque le den de esa leche es un triunfo del sistema. Que el ganado crea que lo que le dan es en realidad leche es caer en la más plena conformidad.
*Dispersión coloidal de partículas vegetales./Leche de almendras./ Libertad.
Cadáver exquisito, de Agustina Bazterrica, sitúa su relato en un futuro cercano donde un virus ha vuelto mortal el consumo de carne animal. Ante la imposibilidad de sostener la dieta carnívora, la sociedad instituye una solución que, en apariencia, responde a la pura necesidad: la legalización y normalización del consumo de carne humana. Así surge una nueva clase de sujetos —las «cabezas»— criados específicamente para ser preñados, sacrificados, procesados y consumidos.
La novela sigue a Marcos Tejo, trabajador de un frigorífico humano, quien participa activamente en esta industria. A través de su mirada accedemos a un sistema completamente institucionalizado, donde el lenguaje ha sido modificado para eliminar cualquier rastro de empatía: ya no se habla de personas, sino de «carne especial», «producto», «cabezas», «ganado». El proceso no se presenta como un acto de barbarie, sino como una cadena perfectamente estandarizada, regulada, higienizada y legitimada por leyes, protocolos, discursos técnicos y burocracia.
Sin embargo, no hay caos ni colapso moral visible; por el contrario, la sociedad funciona, se adapta y continúa. Incluso las relaciones afectivas se ven atravesadas por esta lógica, como se evidencia en el vínculo de Marcos con su esposa, con su hermana e incluso con la «cría PGP»: relaciones que oscila entre el cuidado, coacción y la apropiación, afectos que se mueven dentro de esa estructura social que los hace posible e incuestionables.
Si la biopolítica opera gestionando la vida y organizando los cuerpos dentro de circuitos de valor, la novela lleva este proceso hasta su punto límite, en donde el cuerpo ya no es únicamente regulado en su sexualidad o su reproducción, sino plenamente integrado en una economía de consumo, que se presenta como necesaria. Por un momento da la sensación de que lo que estamos leyendo es una sociedad totalmente enloquecida, que sufre de una pérdida generalizada de la razón, debido al grado de aceptación del canibalismo y todas las demás normas que nos van presentando. Mismas que se normalizaron mediante mecanismos institucionales, económicos y discursivos. El verdadero horror de la novela radica en que sus personajes no están locos: son sujetos funcionales adaptados a una sociedad enferma.
No solo voraz de carne humana, sino de bienestar robado de los demás porque el prójimo solo nos importa como materia disponible. Revelando lo que el orden social contemporáneo aún niega o no quiere ver: que los cuerpos son redefinidos según las necesidades de un sistema al que solo le importa perdurar.
No hay víctimas del sistema, solo entes que surgieron y se formaron para sobrevivir dentro de él.
En todo caso, somos sus cómplices.
En El cuento de la criada, de Margaret Atwood, construye una sociedad teocrática conocida como la República de Gilead, surgida tras una crisis global de infertilidad que desestabiliza el orden previo. Bajo el pretexto de preservar la continuidad de la especie, se instaura un régimen que reorganiza la vida desde sus fundamentos, subordinando todos los aspectos de la existencia a una lógica de reproducción controlada.
En este sistema, las mujeres son clasificadas según su función. Las «criadas» ocupan un lugar central: mujeres fértiles destinadas a concebir hijos para las élites gobernantes. Su cuerpo deja de ser propio para convertirse en un recurso estratégico. La violación sistemática de estas mujeres es validada al integrarse como ritual institucionalizado —supervisado y presenciado por las «esposas»—, donde la reproducción ocurre bajo estricto protocolo. La relación sexual es despojada de toda dimensión afectiva y se convierte en un acto programado, repetitivo, casi mecánico, donde cada participante cumple un rol previamente asignado.
La novela sigue a Defred, una de estas criadas, cuya narración en primera persona permite observar la manera en que el control no se ejerce únicamente desde la violencia explícita, sino también a través del lenguaje, la memoria y la internalización de las normas. El pasado, donde las mujeres aún podían estudiar, trabajar y decidir sobre sus cuerpos, no desaparece completamente, pero se vuelve inaccesible, fragmentado, casi irreal. La identidad misma se desarticula: Defred no posee un nombre propio, sino uno que indica pertenencia, señal inequívoca de su condición de objeto dentro del sistema.
Gilead no se funda en el desorden, sino en una organización minuciosa de los cuerpos. Todo es clasificado, asignado y vigilado. Cualquier dimensión del deseo que exceda los límites de lo permitido es reprimida o castigada, no por su peligrosidad moral, sino por su inutilidad dentro del sistema. La fertilidad deja de ser una condición personal para convertirse en un recurso del Estado.
A diferencia de Cadáver exquisito, donde el cuerpo es reducido a carne disponible dentro de un circuito de consumo, aquí el cuerpo es conservado, protegido y restringido en función de su utilidad reproductiva. Que se ve como contenedor de vida, por lo tanto, una maquinaria más que administrar con eficiencia. El cuerpo femenino se convierte en una tecnología biológica cuyo valor radica en su capacidad de producir vida bajo condiciones controladas.
Presentar las dos novelas en conjunto me permite mostrar dos modalidades extremas de una misma operación: en Bazterrica, una economía de consumo que absorbe el cuerpo como materia; en Atwood, una economía de reproducción que lo captura como función. Esta distinción estructural define cómo cada sistema concibe el valor de la vida humana y qué tipo de violencia necesita para sostenerlo. En ambos casos, se confirma lo mismo: la disolución de la soberanía corporal, la separación definitiva entre el sujeto y el cuerpo que habita, lo que se vuelve evidente es que la violencia no es un residuo de lo humano, sino un efecto de su organización.
Hay un elemento que no puede quedar de lado: la participación activa de quienes habitan esos sistemas. La dominación no se sostiene únicamente por imposición externa, sino por una red compleja de colaboraciones, adhesiones y adaptaciones.
En El cuento de la criada, las mujeres no ocupan un lugar homogéneo. Las esposas legitiman el orden que las limita; las Tías lo administran con fervor disciplinario; las propias criadas, en situaciones de castigo colectivo, reproducen la violencia sobre otras. Aunque la coerción es evidente, su participación no puede reducirse únicamente al miedo. Hay en ella una interiorización de la norma, una aceptación —fragmentaria, contradictoria— de que ese sistema es necesario o inevitable.
Algo similar ocurre en Cadáver exquisito, donde las figuras femeninas no aparecen únicamente como víctimas pasivas. Las carniceras, las científicas, incluso la esposa y la hermana de Marcos, participan de la lógica que convierte el cuerpo en objeto. No lo hacen desde la crueldad explícita, sino desde la normalización. La indiferencia, en este caso, resulta tan significativa como la violencia directa: es lo que permite que la transformación del cuerpo en mercancía se sostenga sin necesidad de una imposición constante.
Entonces no es solo que no somos plenamente dueños de nuestros cuerpos, sino que contribuimos, en distintos grados, a los mecanismos que los configuran y condicionan. Sin esa participación —ya sea por convicción, adaptación o supervivencia— el sistema requeriría una fuerza constante que terminaría por hacerlo inviable. Es en esta red de acciones, donde nadie parece ejercer completamente el control y, sin embargo, todo permanece regulado, donde el poder alcanza una de sus formas más eficaces.
Si algo revelan estas novelas es que la historia de la humanidad no puede leerse únicamente como un progreso hacia la libertad, sino también como el perfeccionamiento de los mecanismos que la limitan. La ilusión de soberanía no es simplemente un error, sino una condición necesaria para que el sistema opere sin mostrarse. Creer que decidimos plenamente sobre nuestros deseos, que elegimos nuestros vínculos o que habitamos nuestro cuerpo como propietarios, permite que las formas de regulación se mantengan en segundo plano, tenues, invisibles. Y es precisamente en esa invisibilidad donde adquieren mayor eficacia.
Hoy pudimos imaginar dos realidades: una trabaja con la vida que se consume; la otra, con la vida que se produce. Aun me quedan preguntas sin contestar: ¿Qué forma puede tomar la voluntad cuando sus propios contenidos han sido previamente organizados? ¿Qué hacer cuando incluso la literatura ya no dice «esto podría pasar», sino «esto ya está ocurriendo»? ¿Qué tipo de organización permite que el hecho de no ser completamente soberanos sobre nosotros mismos derive, casi inevitablemente, en la apropiación de los otros?
Concluyo que empoderarse, tal como el poder ha sido históricamente ejercido, es aspirar a que los demás se moldeen a nuestras ideas y expectativas de la realidad: reproducir la misma lógica con distinto rostro. Quizá la única salida posible no sea acumular poder, sino renunciar a ejercerlo sobre los otros. Una renuncia que no ofrece solución definitiva, pero que interrumpe —aunque sea por un momento— aquello que, hasta ahora, ha definido nuestra relación con el cuerpo y con los demás. Creo que Freud se equivocó: nadie tiene enemigos.