Análisis El Aleph (ℵ) de Jorge Luis Borges

Por: Esteban Barquera, co-fundador Templo de Satán

Lo que hoy parece delirio, en otro tiempo pudo ser revelación, porque lo único que separa a un loco de un genio, o al Anticristo del Mesías, es la “suerte”. Pero esa palabra evoca a la “divina providencia”, así que prefiero pensar que, en realidad, lo que los separa es la voluntad de elegir ser uno u otro y vivir ante el asombroso espejismo de lo absoluto, o la melancolía por la condición humana, en donde podemos vislumbrar el infinito, pero no recomendaría intentar habitarlo.

Mejor permanecer en el mundo con vivencias que parezcan mundanas, aunque no necesariamente lo sean, ya que, aunque algo parezca lo más importante, tan importante que parece que sostiene nuestro mundo, tampoco implica que sea realmente importante. Solo lo sabremos cuando lleguemos al final de nuestro tiempo, después de ver pasar otros tiempos.

Al fin y al cabo, la única muerte que podemos experimentar es la de nuestra conciencia y el único nacimiento que podemos recordar es el de nuestro nuevo yo integrado. Cada vida es una manifestación única de lo absoluto, nuestra conciencia, nuestra imaginación, nuestra capacidad simbólica y afectiva, nos convierte en recipientes de lo infinito. No porque lo hayamos conquistado, sino porque le damos forma de pensamiento, de sueño, de acto de creación, de diálogo con nosotros mismos.

_Esteban Barquera

El Aleph es un cuento fantástico con tintes de sátira e ironía, que nos narra una historia de búsqueda, rivalidad y venganzas; toda la historia se centra justamente en mostrarnos qué se busca y cómo se busca, pero también cómo se van maquinando estas venganzas.

El cuento nos recibe con dos epígrafes: uno de Hamlet de William Shakespeare que hace referencia al infinito, el segundo del leviatán de Hobbes, que habla de la eternidad, fuera de los márgenes del tiempo; ambos por sí solos requerirían su propio análisis, el cual sería extenso, pero nutriría mucho este tema. Pero en este momento solo nos interesa saber que, dentro de este cuento, nos anuncian que será una historia de paralelos, que, en ocasiones, se mueven en diferentes planos. Durante todo el cuento encontraremos referencias a esta idea.

Como subtrama podemos detectar en la obra una crítica a la lengua, que desde la perspectiva de Borges proviene de la estética de la época de Dante Alighieri, contrastándola con la concepción que se tenían de estos conceptos al momento de escribir el cuento, con esto no busca desvalorizar la tradición o lo clásico, pero si lo equipara. Dejando en claro, desde el principio del cuento, que para él hay lenguajes y formas de escribir que le parecen de mal gusto o menos valiosas y / o bellas. Así que los personajes cumplirán un doble rol, como representación y otro como símbolo. Esto quedará más claro conforme avancemos en el análisis.

Tenemos tres personajes, quizá cuatro, según entiendas el Aleph; el primero sería el Borges ficcionado (desde ahora cada vez que lo mencione será entrecomillado), el cual es nuestro protagonista y narrador de la historia, el antagonista Carlos Argentino Daneri que sería una versión paródica del Florentino Dante Alighieri, pero también se teoriza que representa en otro nivel al escritor Enrique Larreta e incluso espejo de Borges, y Beatriz Elena Viterbo <<finada>> la cual era prima hermana de Carlos y amor platónico de “Borges”.

“Borges” nos irá contando la historia que va viviendo o construyendo con Carlos, el cual notaremos que tienen varios paralelismos, como el que ambos son escritores, trabajan en una biblioteca, el amor romántico que sentían por Beatriz, la cual fue pareja de ambos al parecer, pero esto no queda muy claro. Para “Borges”, Carlos es todo lo contrario a él, literal y simbólicamente. 

Por ejemplo, lo ve como un escritor mediocre que solo sabe copiar a otros, considera su trabajo carente de belleza, aunado a que el lenguaje que utiliza es demasiado coloquial, por lo tanto, vulgar. En resumen, considera su obra pretenciosa, absurda y cacofónica. También simbólicamente es Dante, así que representación la imitación burda de la belleza, no porque Dante fuera burdo o imitara, sino porque Borges caricaturiza a Dante para poder sintetizar en él toda la tradición aristotélica y realista, en donde se valoriza la lengua bajo otros elementos, que al parecer Borges ya considera arcaicos y repetitivos, por lo tanto, no permiten tener un nuevo enfoque en la literatura.

Esto se ve comprobado cuando hacia el final del cuento, se menciona que la editorial que publicó a Carlos Argentino se llama “Editorial Procusto”, nuevamente haciendo una referencia clásica, específicamente de la mitología griega, utilizando el símbolo de “encajar en un molde” y “mutilar la diversidad” por excelencia. Gracias a hacerlo, Carlos Argentino logró ganar un premio que, al parecer, ambicionaba “Borges”.

Ya con un poco de contexto, me gustaría volver al comienzo para analizar el título del libro. Aleph es la primera letra del alefato (alefbet) hebreo, (también se puede escribir Alef que sería la transliteración moderna más utilizada); la forma que utiliza Borges sería la más habitual para el ámbito filosófico e incluso místicos, lo que nos da una pista, de cuál era el contacto que tenía el autor con este conocimiento. También es probable que fuera la forma que conociera por la documentación a la que tuvo acceso, principalmente en inglés, alemán y francés. Así que es claro que Borges utiliza como base la mística judía como la Cábala (Kabbalah / Qabbalah) para la parte filosófica.

Si les interesa profundizar en el tema, ya en este blog hay una serie de artículos en donde se desarrolla, así que aquí solo hablaré de generalidades para poder entender el cuento:

Las letras hebreas no son solo letras, también son símbolos que tienen múltiples significados según el contexto en el que son utilizadas. En este texto, Borges lo utiliza como símbolo de la unidad divina, también conocida como el Ein Sof (lo infinito), el cual es un término cabalístico que significa “sin fin”, esta es la fuerza creadora que está compuesta por una fuerza femenina y masculina, que a la vez son la representación de lo superior y lo inferior.

La letra Alef () está compuesta de otras tres letras a su vez: Yod (parte superior), una Yod (parte inferior) y una Vav (diagonal del centro). Aquí ya podemos comenzar a utilizar sistemas de interpretación mística como la guematria, la cual nos permite asignar valores numéricos a las letras hebreas, lo que nos permite descubrir nuevos significados.

Si aplicamos este sistema a la letra Alef, la suma de sus elementos da 26, lo que hace referencia al tetragrámaton (יהוה – transliterada YHVH). No hay un consenso de la forma en cómo se debe escribir la traducción, pero las formas más habituales son Yavé o Yaveh; los judíos al considerarlo un nombre sagrado se refieren a él como Hashem, aunque también pueden utilizar Adonai o Elohim; esto dependerá del contexto o incluso la tradición a la que pertenezcan.

Esto es importante para entender por qué en la obra el Aleph es un objeto que contiene todos los puntos, ya que el tetragrámaton se interpreta y se alude a la eternidad. Más adelante en el libro se aumenta la descripción y se nos dice que es un orbe que contiene todo al mismo tiempo; es una manera sintetizada de todo lo anteriormente descrito relacionado con el tetragrámaton en los párrafos anteriores, pero trata de verbalizar, elemento con el que comienza a jugar Borges para deificarse, utilizando un elemento tradicional del judaísmo (y otras religiones abrahámicas) que es que todo comenzó con el verbo. Pero especialmente la tradición judía, todo se creó a través de decir el nombre de cada cosa, pero es un significado en dos vías, ya que a través de todo lo creado también se puede conocer a dios.    

Que el Aleph sea un orbe no es casualidad, las figuras esféricas tienen desde el principio de los tiempos una connotación sagrada. En el Génesis se nos habla de las luminarias que son gobernadas por el día (el sol) y la noche (la luna).  Un autor muy referido para la idea de que el universo es una esfera es Alain de Lille (Alano de Insulis) y él planteaba que el centro está en todas partes, que es más o menos la definición de la geometría de lo que es una esfera – el conjunto de todos los puntos en el espacio tridimensional que están a una distancia constante (el radio) de un punto fijo llamado centro -.

Con esto intentó demostrar dogmas teológicos mediante razonamientos geométricos, usando términos como axioma, teorema y corolario, aunque sus demostraciones eran más simbólicas que rigurosamente matemáticas. En Anticlaudianus, por ejemplo, la Naturaleza emprende un viaje hacia el cielo para obtener un alma, y las Siete Artes Liberales construyen un carro para ella, lo que sugiere una visión del cosmos como estructura ordenada y jerárquica, donde cada parte tiene su lugar y su dirección hacia el centro divino.

También se hace referencias a las esferas celestiales mencionadas en la comedia de Dante, lo cual es importante, porque detrás de estas nueve esferas se encuentra el empíreo (la morada de dios), por eso lo esférico es la conexión con lo divino y los círculos son lo sombrío, es ir hacia abajo. Es lo que simboliza el descenso que hace “Borges” al sótano porque está a punto de ser iniciado, y comenzar una catábasis que transforma, es una representación del inconsciente en su viaje a un estado de vacío, el cual es necesario para recibir el nuevo conocimiento. Lo mismo vemos en la Cábala, le decimos ir a los mundos inferiores. Así que para redondear se nos insinúa que Carlos es también Virgilio y está preparando a “Borges” para descender.

Aquí nuevamente el autor marca una línea entre lo que representa Carlos como lo ridículo, ya que para este punto se nos presentó su poesía y como lejos de ayudarle el conocimiento que le da el Aleph, más bien este lo satura y lo refleja en sus trabajos, pero “Borges” al representar lo sublime, entiende que, si bien podría cargar el escrito de descripciones exageradas o ridículas e inconexas como las de Carlos Argentino, él decide autolimitarse para crear una descripción estética del Aleph.

Me es inevitable pensar y ver que esta autolimitación, sea una conexión directa con el proceso de auto contracción llamado tzimtzum, este es un concepto cabalístico que describe como dios se retira para permitir la existencia del mundo finito, esto lo replica Borges para imponer su propio orden, en su mundo literario; y así enriqueciendo el juego que quiere mantener con el lector. Además de que de esta forma se nos presenta el cuarto personaje, si es que uno decide tomarlo así, el cual es dios. Lo que sí puedo decir es que para Borges solo es eso, un personaje de sus obras. Pero esto lejos de ser un acto hereje o profano, más bien, es la forma que encuentra de crear su propia experiencia mística. Ejemplo de esto, es la descripción que nos da del Aleph (utilizando anáforas en su redacción):

El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

Simplemente en este fragmento ya podemos encontrar una riqueza intelectual basta con referencias al profeta Ezequiel y su libro en especial al capítulo 1, en donde describe una visión de criaturas con múltiples caras y ruedas que se mueven en todas direcciones, llenas de ojos, y que representan la omnisciencia divina.

También hay una indudable referencia a Farid al Din Attar, ya que Borges reproduce una experiencia similar a la que encontramos en “La conferencia de los pájaros”, Attar narra el viaje espiritual de las aves en busca del Simurg, símbolo de la divinidad. Al final del viaje, las treinta aves que llegan descubren que el Simurg son ellas mismas: una revelación de unidad entre el individuo y lo absoluto.

Bueno, ahora sí podemos adentrarnos en el tema complejo del cuento, y en lo que considero la obsesión central de Borges: el infinito. Seguramente han escuchado la frase “hay infinitos más infinitos que otros”; esta proviene del teorema de Cantor, que demuestra que existen distintos tamaños de infinitos. Por ejemplo, el conjunto de los números naturales es infinito, pero el conjunto de los números reales representa un infinito aún mayor.

Lo más relevante es que, para representar estos infinitos, se introduce el concepto de Aleph-cero, que designa el cardinal del conjunto de los números naturales. Así, el teorema de Cantor no solo sirve como sustento matemático para el cuento, sino que también nos permite intuir que el Aleph borgiano no debe entenderse como una meta, sino como un horizonte: una brújula que orienta, pero que jamás debe alcanzarse por completo.

En El Aleph, Carlos Argentino intenta habitar ese infinito, permanecer en él. Pero al hacerlo, revela que no ha comprendido que la finitud del ser humano no invalida la posibilidad de intuir lo infinito, sino que la limita. El Aleph, como objeto precioso, lejos de conferirle la sabiduría que contiene, lo sumerge en un vacío inconmensurable. Ese exceso de totalidad provoca una entropía mental extrema: el sistema —la mente humana— se ve forzado a procesar una cantidad infinita de estados posibles.

Aquí es donde parece contradictorio, pero en realidad es una paradoja: ya que al estar lleno de todo (información, estímulos, posibilidades); se siente como nada, porque el cerebro no puede procesarlo. Es como mirar una luz tan brillante que te deja ciego: hay demasiada información, y eso se convierte en vacío; cuando lo sabes todo, no puedes actuar. Cuando lo percibes todo, no puedes responder, es el colapso de la conciencia por exceso de realidad.

Así que el infinito se vuelve una manifestación extrema del concepto de infinito, llevada al plano mental y perceptual; esto es, lo que evoca el Aleph, un objeto que contiene todos los puntos posibles del espacio, es la totalidad de la existencia espacial. Equivale a tenerlo todo, pero si tienes acceso a todos los puntos al mismo tiempo, no puedes moverte, porque el movimiento implica un cambio de posición. En el infinito, no hay cambio, porque ya estás en todos lados.

“Borges” al darse cuenta de esto, decide utilizar el conocimiento obtenido y las revelaciones mostradas para vengarse de una vez por todas de Carlos Argentino, y aquí se conecta nuevamente con Dante, el cual utiliza la eternidad como castigo y el tiempo eterno puede ser una tortura. Borges y “Borges” se regocijan en saber que Carlos quedó atrapado en su intento de habitar el infinito y que al destruir el punto de conexión que tenía con él, lo han sentenciado a una vida eterna de no poder hacer catarsis, por lo tanto, no va a poder encontrar la belleza.

Pero a su vez “Borges” también quiere librarse del objeto maravilloso (probablemente como símbolo de poder o de lo que nos corrompe, me resuena con la obra de J. R. R. Tolkien), pero no solo como rechazo a la corrupción de habitar el infinito, sino también simboliza que Borges debe vivir la experiencia mística desde sus obras y solo les permite habitar ahí, así que se podría decir que las abandona dentro de sus textos por la eternidad.

Esto lo hace de manera soberbia “Borges”, ya que en las visiones del Aleph encuentra su modestia, por lo tanto, sus limitaciones; pero al reconocerlas niega habitar el infinito, pero se permite contemplarlo como posibilidades de su ser. De no hacerlo así, caería en su propia trampa de determinarse, lo que lo mantendría prisionero de sus obsesiones y pasiones, en el no ser.  

Lo interesante es que “Borges” no llega a esta conclusión por sí solo, lo logra gracias a la guía de Beatriz, que de igual forma que a Dante, es su turno de guiarlo por el paraíso, también es la vuelta de verdad, la cual nos había abandonado (por eso comienza el cuento con su muerte). El papel de Beatriz no solo se limita a la de guía, sino también es acción; por ende, sería la contraparte del infinito, ya que mientras el infinito inmoviliza, la Belleza es un principio movilizador.

Esto lo podemos comprobar al poner atención al segundo nombre de Beatriz es Elena, el cual está conectado con Helena de Troya y su belleza desencadenante, es la chispa o, dicho de otra forma, el cuestionamiento. Ya hablando del símbolo completo, podríamos decir que Beatriz Elena se condensa la figura de la Donna Angelicata, aquella mujer idealizada en la poesía del Dolce Stil Novo, que actúa como mediadora entre lo humano y lo divino. No es solo objeto de amor, sino guía espiritual hacia la trascendencia.

Como en Dante, “Borges” no contempla el Aleph por sí solo: necesita de Beatriz Elena, cuya muerte no es clausura, sino apertura, es la iniciadora y mediadora en el misterio, su ausencia es la que convoca el infinito. Ella no es solo guía, sino también principio activo, la que pone en marcha la visión, la que transforma el Aleph —totalidad inmóvil— en experiencia poética y redención. 

Para concluir, después de redactar este análisis, no puedo dejar de pensar que al final Carlos Argentino y “Borges” eran el mismo personaje y se nos presenta un antes y un después. Vamos de un Borges con un ego insano, atrapado en su envidia. A uno, conectado con su parte creadora y artística que había podido dotarla de personalidad y belleza, colocándose en la cúspide y creando su propio empíreo (Realización del Self); dicho de otra manera, pudo integrar su sombra.

“¡Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad!” _ Gladiador (2000)

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